
El deporte en general, y en especial el béisbol en los países latinoamericanos, tiene un efecto a largo plazo, como pocas carreras lo tienen. Es un sueño que pocas veces abandona el corazón del que lo jugó y lo juega, a tal punto que él no continua en el béisbol, prolonga y extiende su talento al softball, en sus diferentes ligas.
En ese sentido es menester de todos los que estamos involucrados en el ambiente de este deporte, continuar siendo una voz de soporte a los jóvenes y sus familias que inician en esta carrera pasional, emocional, y sentimental, y que sino se maneja bien, puede lastimar de por vida a sus participantes.
En eso sentido no nos podemos cansar de hablar, educar, orientar y aconsejar. Debemos enfatizar la importancia de que los jóvenes reciban una educación, sin escatimar esfuerzos, recursos o inversión.
Debemos enfatizar el hecho de que aunque el béisbol sea una salida de la pobreza y la precariedad, no es la salida más garantizada. Debemos enfatizar a los jóvenes que aspiran a ser beisbolistas, que la educación es necesaria para firmar un contrato, para leer un documento, para entablar una conversación; no bastará con solo saber batear o lanzar para saberse manejar.
AÑOS DE ACTIVIDAD: Los años activos de los beisbolistas son menos que los que duran inactivos.
Y para aquellos que no duran el suficiente tiempo como peloteros es aún peor, porque es menos el tiempo que atraviesan disfrutando de esa carrera. El que es dejado libre, o el que no llega a pasar de ligas menores, saborea el amargo del fracaso, sin tener donde poder apelar o protestar.
Los años hábiles de un pelotero son aproximadamente 10 a 15, y para los extraordinarios e inusuales quizás tengan una carrera de 19 a 20. Si menos del 2 por ciento de los peloteros latinos logran ser firmados, no ni siquiera establecidos, es obvio que el béisbol no es una carrera confiable ni fiable.
Un adolescente que desde los 15 años ya queda prendado en el profesionalismo del beisbol, emplea los próximos 10 o 12 años de su vida implicado activamente en ese terreno. Pero si a los 25 o 26 años esa relación sufre una separación, el joven quizás se sienta muy viejo para retomar un bachillerato o universidad. Las posibilidades se vuelven más angostas y las opciones más escasas.
No intento desmotivar ni ahuyentar nuestros jóvenes que deliran con pisar el diamante de un estadio profesional. Lo que busco es concientizar a esa multitud de jóvenes peloteros que en la inmadurez de la vida, en la ilusión de la motivación, están limitados en su vision. Es normal que cuando uno desea o anhela algo tanto cualquier voz contraria se constituye una oposición, pero en este caso, constituye un favor.
Nuestros jóvenes deportistas merecen una vida mejor, una mejor salida, y no nos podemos cansar de enfatizar que a veces nos constituimos en ayos del beisbol, y no en aquellos que disfrutamos de lo que pueda ser una bendición.
No es suficiente para ellos tener un sueño, un bate o palo, una bola o vitilla. Es necesario tener más información, más conocimiento, mejor preparación para poder afrontar lo que viene.
Hasta la próxima.


