Por Eugenio Taveras
Estoy en la plena seguridad de que si todos los altos jefes de los cuerpos castrenses, los encargados de controlar todo lo que es ilegal, fueran investigados, todos terminarían en la mazmorra, a la cual habría que colocarle un candado y botar las llaves; pero siento tener que escribir aquí que no sucederá nunca, debido a que la podredumbre ha llegado a niveles tan alarmantes, que hace tiempo tocó fondo, y ese fondo ya no tiene continuidad, no puede cavarse más en él.

¿Qué hacia dónde fue cavado el fondo?, esa respuesta la conocen hasta los niños en sus tetas: alcanzó, tocó y atrapó todos los estamentos de la sociedad, todos los tentáculos del pulpo, todos las intríngulis del laberinto; y deseas conocer el vocablo por la cual la sociedad ha caído tan bajo y sin reversa: contubernio.
Y quieres tú saber el porqué del contubernio, también resulta simple: si yo te delato a ti porque has robado lo que no es tuyo, yo que también quiero lo que es todos, mañana no podré hacer lo mismo, y el siguiente mensaje es lo que todos, por décadas, se han transmitido unos a otros: estate tranquilo, déjame coger a mí ahora, que cuando te toque el turno, yo me haré el chivo loco y todos en paz.
La situación no solo se da en la policía, no, sucede, repito, en todos estratos sociales públicos y privados donde convergen personas, seres humanos con raciocinio, los cuales terminan olvidando el pudor y la vergüenza, para convertirse en vulgares rateros que lo único que les importa es su bienestar personal y el del exclusivo círculo que los secunda.


