José Alfredo Espinal
Santiago, RD. – En un mundo convulsionado, lleno de gente cada día con menos empatía, mayor arrogancia y dispuesta a ganar adeptos sin importar las consecuencias futuras sino el disfrute momentáneo, es la antagónica realidad que nos brindaron nuestros antepasados.
Todo se trata de poder y gloria, ahora y rápido. Pensar lo que puede surgir después es lo que menos interesa.
Ese es el sentido de la vida para muchas personas. Trabajar y disfrutar de los placeres es su forma de actuar para pretender alcanzar su felicidad, con el imaginario de vivir en paz.
Ciertamente, por medio del placer, un grueso mayúsculo de la población en diversas partes del mundo amasa fortunas y logra fama fácil y rápido, sin el esfuerzo ni el sacrificio que conlleva plantearse una meta a un tiempo determinado. Esperar años para ver crecer un proyecto ya no está en los planes de una gran mayoría de la gente que, lastimosamente, así como obtienen sus logros en un abrir y cerrar de ojos, también pierden la vida.
Buscando la paz y la felicidad se lanzan al placer desenfrenado, una acción típica que no es exclusiva de las nuevas generaciones.
El placer nos gusta; es aquella sensación de poder complacerse lo que deseamos o necesitamos en un momento determinado. Agradarse con cosas triviales para satisfacer el ego, cumplir con la rutina y con la línea de vivir en estos tiempos es lo que ha ido degradando un mundo ya estremecido.
Por el contrario, la paz espiritual no depende de esos estímulos externos de los cuales las personas se van haciendo esclavos cada vez más. Los individuos en este estado respetan a los demás, se sienten libres de la violencia y los conflictos. La paz lleva a la armonía, a la estabilidad y a la tranquilidad de las familias, las relaciones de parejas, en el trabajo, en las calles, en las escuelas y las universidades, en cualquier lugar donde las personas socializan con los demás.
La paz interior fundamenta la felicidad de la gente. Respetando y amando a los demás con sus virtudes e imperfecciones.
El dinero y la fama te podrán brindar y permitir los deseos efímeros de la carne, pero si el placer te quita la paz, es de saber que no habrá felicidad por más que te afanes en la vida y por más alegre que te sientas en un momento determinado.
«Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal, y sus labios no hablen engaño. Apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala”.
1 de Pedro 3-10-11


