¿Pensar es pecado? Reflexiones a partir del juicio del mono

Carlos  Tejeda

Anoche vi una película titulada Heredarás el viento (Inherit the Wind), también conocida como “El juicio del mono”. Basada en hechos reales, retrata el célebre juicio de Scopes, donde un maestro fue procesado por enseñar la teoría de la evolución de Darwin en un aula de una pequeña ciudad estadounidense profundamente religiosa.

En este pueblo, las leyes castigan cualquier enseñanza que contradiga la interpretación literal de la Biblia. La película plantea el conflicto entre fe y ciencia, y cómo la libertad de pensamiento puede ser llevada a juicio por el simple hecho de cuestionar lo establecido.

Durante el juicio, a la defensa se le prohíbe presentar testigos con argumentos científicos. Esto obliga al abogado defensor a recurrir, irónicamente, a la misma Biblia para justificar la enseñanza del acusado. En una maniobra audaz, enfrenta al fiscal, un devoto creyente, con sus propias interpretaciones bíblicas.

El desenlace resulta inesperado: el maestro es hallado culpable, pero el juez le impone una multa simbólica de 100 dólares, la cual fue apelada por superar el monto máximo permitido en la época. Esta condena representa una especie de salida salomónica que no agrava el conflicto, pero tampoco lo resuelve.

Entre los momentos más memorables, el abogado defensor denuncia que lo que realmente se está juzgando es el pensamiento humano, esa capacidad única que nos distingue del resto de los seres vivos.

Una de las frases más potentes de la película, pronunciada por el actor Spencer Tracy, quien interpreta al abogado defensor Henry Drummond, resume con fuerza el espíritu del debate:

“El elefante es más grande, el caballo más rápido, la mariposa más bella, el mosquito más prolífico… incluso la esponja común es más duradera. Pero, ¿piensa la esponja? Este hombre solo quiere tener el mismo privilegio que la esponja: quiere pensar.”

Aquí vale una aclaración: la esponja, aunque parezca un objeto inanimado, es en realidad un animal marino primitivo, sin sistema nervioso ni cerebro. Esto intensifica la ironía de la frase, porque incluso una criatura tan elemental tiene asegurada su existencia, mientras que al ser humano se le puede negar el derecho a pensar.

Otra afirmación que conmueve por su lucidez y su carga provocadora:

“En la mente de un niño que aprende la tabla de multiplicar hay más santidad que en todas sus oraciones, aménes y aleluyas.”

Y una más, cargada de profundidad:

“Una idea puede ser más grande que una catedral, y el avance del conocimiento humano más milagroso que la separación del mar o una vara convertida en serpiente.”

Estas palabras no niegan lo divino, sino que cuestionan la forma en que algunas estructuras religiosas marginan el pensamiento libre. Es en ese punto donde mi mente fue llevada a Jesús.

Jesús y el pensamiento crítico

Mientras veía esas escenas, no pude evitar pensar en Jesús. Él también fue cuestionado por desafiar el sistema religioso de su tiempo. No temía al razonamiento ni a las preguntas. De hecho, respondía muchas veces con más preguntas, como método pedagógico para invitar a la reflexión (Lucas 20:4; Mateo 22:20-21).

Cuando Tomás expresó dudas sobre su resurrección, Jesús no lo reprendió. Le mostró las evidencias que pedía y, con ternura, dijo: “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29). Pero en ningún momento lo condenó por razonar o cuestionar. ¿Qué habrían hecho muchos líderes religiosos ante un Tomás así? Posiblemente lo habrían tachado de incrédulo o desleal. Jesús, en cambio, mostró empatía, comprensión y una pedagogía basada en evidencias.

Esto me lleva a una pregunta provocadora:
¿Qué le habría dicho Jesús a Charles Darwin?
¿Lo habría condenado, como hacen muchos hoy, solo por ofrecer una mirada distinta sobre el origen de la vida?

Los evangelios no presentan a Jesús como enemigo de la razón. Al contrario, en Marcos 12:30 se nos exhorta a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. La mente no es un obstáculo para la fe, sino parte de ella.

Jesús no anuló la mente humana, la dignificó.

Volviendo a la escena de la película: cuando el abogado afirma que “una idea puede ser más grande que una catedral”, no está desvalorizando lo sagrado, sino elevando lo humano. Una idea puede transformar una vida, una comunidad, una nación.

Jesús mismo dijo:

“El que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12).

¿No es eso una declaración de fe en el poder transformador del ser humano guiado por Dios? ¿No está Jesús afirmando que lo divino puede expresarse a través de la innovación, del pensamiento, del cambio?

En conclusión, el pensamiento crítico no es enemigo de la fe. Más bien, puede ser su aliado más honesto. Jesús no vino a imponer respuestas prefabricadas, sino a abrir caminos de verdad. Caminos que, sí, pueden tener preguntas, dudas, aprendizajes, pero que nunca deben cerrarse al privilegio más divino que hemos recibido: pensar.

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