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Cuando Takanori Kuzuoka empezó a ascender en el mundo del crimen, nunca pensó en unirse a los yakuzas, histórica mafia japonesa conocida por sus tatuajes, su jerarquía rígida y su código de honor.
Prefirió integrar la red «tokuryu», más joven, más tecnológica y más opaca, donde jefes anónimos reclutan en las redes sociales a soldados rasos para hacer el trabajo sucio durante una misión concreta, desde el fraude hasta el atraco.
Esta nueva forma de criminalidad, que permite a los capos permanecer ocultos tras mensajes cifrados, eclipsa hoy a los delincuentes de la vieja escuela.
A lo largo de una correspondencia de cinco meses desde su celda de prisión, Kuzuoka brindó a la AFP una visión extraordinaria del interior de los «tokuryu», un universo violento y sin escrúpulos donde gran parte de los millones se obtiene estafando a la envejecida población de Japón.
Práctica y filosofía que los yakuzas desprecian, mafiosos de antaño que presumen de no atacar a los pobres ni a los débiles, pero cuyo imperio de varios miles de millones de dólares se reduce tras años de estrictas leyes antimafia.
«Los yakuzas pierden atractivo entre los jóvenes», admite un delincuente de alto rango, aliado de un clan importante de los yakuzas.
Quienes «llegan a nosotros fantaseando con el lujo y el glamour descubren rápidamente que la realidad no es la que imaginaban», prosigue este capo durante una entrevista telefónica que la AFP tardó meses en organizar.
La generación Z y los milenials no están dispuestos a empezar desde lo más bajo de la jerarquía. «No les gusta estar encadenados» por las restricciones propias de los yakuzas, estructurados según un código rígido, «prefieren unirse a los tokuryu», flexibles, descentralizados y sin reglas, explica.
MUY BIEN PAGADOS
«Nunca entendí el interés de ser yakuza hoy en día», confiesa Takanori Kuzuoka, a quien la AFP logró contactar en el norte de Japón tras escribir a más de 30 centros penitenciarios de todo el país.
Con buena caligrafía, el joven de 28 años relata cómo fue escalando en el mundo del crimen organizado. Primero como miembro de los bosozoku, esas bandas de moteros adolescentes rebeldes, antes de convertirse en un perfil «multitarea» dentro de los tokuryu como reclutador, coordinador y ejecutor.
Dice haber trabajado en ocasiones en estrecha colaboración con jefes cuya identidad le era desconocida incluso a él. Y haber captado en línea a reclutas en el mercado negro de los pequeños trabajos, el yami baito.
Si los candidatos suelen ser jóvenes marginados y en busca de dinero fácil, otros son presas más ingenuas, arrastradas casi contra su voluntad a la delincuencia.
«Cada día innumerables personas picaban el anzuelo de los anuncios dudosos que publicaba» en X para empleos «muy bien pagos», relata, citando a un ludópata, una trabajadora sexual o incluso a un miembro de una «boy band».
Un funcionamiento cercano al del sector del crimen en China, que dirige estafas a escala industrial hasta en Camboya o Birmania.
Las autoridades japonesas estiman que el fraude organizado, actividad principal de los tokuryu, costó a la sociedad nipona 72.200 millones de yenes (unos 470 millones de dólares) entre enero y julio, superando ya el récord histórico del año pasado.
La lucha contra esta nueva red criminal constituye la «máxima prioridad en materia de mantenimiento del orden público» para la policía de Tokio, que en octubre creó una nueva unidad de 100 agentes para «destruirla».
LA ESTAFA DEL «¡SOY YO!»
Los tokuryu, literalmente «anónimos y fluidos», operan de una manera cambiante que impide «remontar hasta los autores intelectuales durante las detenciones», explica un detective antimafia retirado, Yuichi Sakurai.
Se forman «equipos de proyecto» ad hoc exclusivamente para cometer un delito específico y puntual, detalla. Los ejecutores de menor rango se dispersan y se reagrupan con una fluidez «similar a la de una ameba», añade.
Su especialidad son las estafas, en particular la del «¡Soy yo!». Consiste en que los delincuentes llaman a personas mayores haciéndose pasar por sus hijos o nietos, suplicándoles que les entreguen dinero para reparar un error que avergonzaría a la familia.
También son los reyes de la estafa disfrazada. Vestidos con trajes elegantes se hacen pasar por policías, banqueros o funcionarios para despojar a sus víctimas.
Tampoco dudan en llevar a cabo atracos violentos.
Eso fue lo que condujo a Takanori Kuzuoka a prisión, condenado por robo con secuestro de menores. Blandiendo tijeras, el joven dirigió en 2022 a un grupo de ladrones que atacó a una madre y ató a sus hijos con cinta adhesiva para obligarla a entregarles 30 millones de yenes (unos 194,000 dólares) en efectivo.
DERIVA DEL CÓDIGO DE HONOR
El fraude y la brutalidad contra personas vulnerables son modos operativos que contradicen las reglas de los yakuzas. Estos últimos reivindican el uso de la violencia para defender sus intereses, pero se honran de perdonar a los ciudadanos comunes, afirma un exmiembro en la ciudad de Gifu (centro del país).
«Peleé mucho e incluso maté a un hombre, pero nunca maltraté a los débiles», declara el septuagenario que pasó 15 años entre rejas por el asesinato de un rival. «Es una gran desviación con respecto a nuestro tradicional código de honor», destaca.
Los yakuzas han ocupado durante mucho tiempo un lugar particular en la sociedad japonesa.
Conocidos por sus tatuajes y por la amputación de falanges a los culpables, proceden de los bakuto, organizadores de juegos de azar ilegales activos hace dos siglos.
Surgidos en el caos del Japón de la posguerra, dominaron durante años el hampa gracias al tráfico de drogas, los garitos clandestinos, el comercio sexual, la extorsión o el cobro de protección, llegando incluso a aventurarse en sectores legales como el inmobiliario, el entretenimiento o la gestión de residuos.
A diferencia de la mafia italiana o de las tríadas chinas, los yakuzas no son ilegales y operan a la vista de todos. Reivindican un papel social activo y hacen cumplir el orden en zonas marginadas.
Enalteciendo el «deber y la humanidad», el más poderoso de los tres grandes clanes, el Yamaguchi gumi, prestó ayuda tras varios terremotos, en particular el de 1995 que golpeó Kobe, ciudad donde tiene su base.
Como los demás clanes, este se rige por una estricta jerarquía en la que el oyabun (jefe supremo) mantiene relaciones cuasi paternales con sus jikisan (fieles directos), generalmente llamados a dirigir sus propias organizaciones secundarias, que a su vez se ramifican en estructuras terciarias, formando así una pirámide.
MÁS FUERTE QUE LA SANGRE
Una casta aparte, compuesta por hombres de cabello engominado y trajes llamativos, omnipresentes en la cultura popular, del manga a las series de televisión.
«Dondequiera que iban los yakuzas, la gente se inclinaba ante ellos», cuenta Yoshiro Nishino, exmafioso de 47 años.


