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martes, agosto 4, 2020
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El buen gobierno

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J. Luis Rojas

Casi todos los ciudadanos del mundo aspiran que sus respectivos países sean administrados por gobiernos eficientes, éticos, transparentes y garantes del bien común. Entiéndase, políticos, burócratas y servidores públicos que no vayan a las instituciones del Estado solo motivados por sus relaciones partidistas y su habilidad para ignorar y ocultar malas prácticas y acciones ilícitas. La materia prima básica de un buen gobierno es la integridad, la honestidad, la ética, las habilidades y competencias profesionales de los miembros que desempeñan una o varias tareas en las agencias de servicios públicos. Necesariamente, el buen gobierno debe contar con mecanismos competentes de controles, de supervisión continua y de contrapesos recíprocos entre los que ocupan un cargo público.

De manera pragmática, el buen gobierno es aquel que es elegido por la voluntad y la decisión mayoritaria de los ciudadanos o de ciertos mecanismos creados para tales fines. El equilibrio entre políticos éticos y burócratas competentes, comprometidos con la transparencia y la calidad del servicio, sin dudas, son indicadores de alto valor agregado para el buen funcionamiento de cualquier tipo de gobierno. En el entorno gubernamental, en el que el desempeño de los burócratas y de los servidores públicos depende de la jerarquía y el exceso de poder del político, es una quimera pensar sobre la calidad del desempeño del gobierno. La existencia de medios para la rendición de cuentas de los políticos a los electores y de los burócratas frente a sus colegas, son recursos que desincentivan la corrupción, la impunidad y el gasto irracional del dinero público.

En muchos países del mundo se han podido verificar los buenos resultados que provienen de las relaciones colaborativas y de respeto entre los políticos que lideran las agencias de servicios públicos, los burócratas y los que realizan tareas técnicas, administrativas y profesionales. Cuando el político es designado para gestionar una institución del Estado, con o sin competencias para ello, lo más saludable sería que éste se haga acompañar de burócratas y de empleados públicos que cuenten con las competencias profesionales requeridas, autoridad ética y moral para vigilar las malas prácticas y tentaciones de su superior inmediato, sin que esto implique una sanción, una descalificación o limite sus derechos. En definitiva, lo ideal sería que los gobiernos administren los Estados desde la perspectiva de separación de las carreras de los servidores públicos, los burócratas y los políticos.

En el entorno gubernamental, la separación de las carreras entre los actores que gestionan las agencias de servicios públicos, representa una garantía para asegurar la transparencia y la calidad del gobierno. En este orden, es como han señalado los autores del libro “Organizando el Leviatán”, Carl Dahlström y Víctor Lapuente: “En nuestra opinión, los gobiernos de alta calidad son aquellos que actúan de manera imparcial, no son corruptos y usan los recursos de manera eficiente. Aunque estos objetivos pueden parecer evidentes para todos los gobiernos, observamos por el contrario grandes variaciones en diferentes partes del mundo. Hay líderes políticos que, en coalescencia con otros grupos de élite, a menudo se enriquecen personalmente o se aprovechan de su posición de otras maneras, a expensas del conjunto de la sociedad. A eso le siguen la corrupción, la captura de rentas, el gasto derrochador y la ineficiencia. Sin embargo, a la inversa, también hay gobernantes que parecen tener incentivos adecuados para desarrollar una alta calidad del gobierno”.

Además, Carl Dahlström y Víctor Lapuente sostienen que una separación de las carreras de políticos y burocráticas crea un ambiente de baja corrupción y alta eficacia, lo cual favorece que se lleven a cabo reformas para mejorar la eficiencia en el sector público. En pocas palabras, de lo que se trata es de que los gobiernos liderados por políticos, operen desde la filosofía, cultura y valores de los gobiernos corporativos, en los que cada una de sus decisiones y actuaciones son fiscalizadas por órganos de control internos y externos. No hay posibilidad alguna de instaurar un gobierno de calidad, cuando los políticos suelen chantajear, meter miedo y amedrentar a los empleados públicos y a los burócratas con actitud de hacer lo correcto en sus respectivas instancias gubernamentales.

Lo más saludable y próspero para el bienestar de los ciudadanos, sin importar el tamaño geográfico y la magnitud de la riqueza de los países que habitan, es lograr que los burócratas de las agencias públicas tengan libertad para pensar, decir, actuar y hablar, al margen de los intereses, pretensiones y caprichos de los políticos. En los países en vía de desarrollo, como República Dominicana, crear y mantener las condiciones para establecer un buen gobierno de calidad, requiere, entre otros tópicos, de servidores públicos y de burócratas que realicen sus tareas sin el miedo y el chantaje que ejercen los políticos sobre ellos. La transparencia y la calidad del buen gobierno solo es posible en aquellas sociedades donde la estabilidad y los beneficios laborales de los empleados y los burócratas del Estado, no dependan de la arrogancia, la ira y de la personalidad toxica de sus superiores inmediatos, los políticos.

Para garantizar la sostenibilidad, la transparencia y el desempeño eficaz de los buenos gobiernos, es imprescindible la indecencia de funciones entre los empleados, los burócratas y los políticos que gestionan los procesos y recursos de las agencias públicas. El mito de que el político necesita colaboradores “leales”, de su estricta confianza, para poder cumplir con las tareas asignadas, no es más que una falsa justificación y un grosero mecanismo de defensa, buscando con ello legitimar decisiones y actuaciones adversas a la ética y la transparencia de lo que debería ser un gobierno centrado en la satisfacción de las necesidades de sus ciudadanos, sin importar el status socioeconómico, las creencias religiosas y las ideologías políticas de ellos.

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En muchas de las sociedades del mundo existen ejemplos fehacientes de que el equilibrio ético y sincero entre los políticos, los burócratas y los empleados gubernamentales permite mejorar el desempeño de los gobiernos. Se ha comprobado que en los países donde los burócratas y empleados públicos son elegidos directamente por los políticos, como si fuese un pago por su militancia política, los niveles de corrupción e impunidad son mucho más altos y frecuentes que en aquellos donde existen mecanismos y criterios que permiten seleccionar el talento humano que habrá de trabajar en las agencias del Estado. a partir de sus competencias, habilidades y experiencia, no porque provenga de las filas de la organización elegida por la mayoría de los ciudadanos

Sobre las razones del buen y el mal gobierno, el señor David E. Lewis, de la Universidad Vanderbilt, en la contraportada exterior del libro “Organizando el Leviatán”, formula la siguiente interrogante: ¿Por qué algunos países son menos corruptos y están mejor gobernados que otros? En este sentido, su respuesta es que en los países donde los funcionarios de las burocracias públicas son reclutados por sus méritos, funcionan mejor que aquellos donde los empleados públicos deben sus puestos a conexiones políticas. Y reitera que son gobiernos de alta calidad, que actúan con imparcialidad, no incurren en prácticas corruptas y usan los recursos públicos disponibles de manera eficaz.

Finalmente, Lewis se pregunta: ¿Qué ocurre cuando la actividad de los políticos y los funcionarios está tan entremezclada que la carrera de los segundos depende de las decisiones de los primeros? La respuesta a esta inquietud es que en los países donde se irrespeta el espíritu de las leyes y de las normas establecidas, la corrupción, la impunidad y se juega con la dignidad de los seres humanos pululen y la gestión pública sea estéril.

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