
Siempre que se trate de transiciones fuertes en la vida, es poco probable que podamos manejar el resultado final. Biológicamente nuestro dominio del cuerpo y de nosotros mismos va secuencialmente. Del gateo al caminar, del caminar al correr. Ese orden tiene su razón de ser porque el dominio de nosotros mismos tiene que ser un proceso lento, despacio y paulatino.
Lo mismo es para todas las áreas incluyendo la deportiva. Cuando un joven prospecto está en desarrollo de su cuerpo no puede exasperarlo sino llevarlo lento y despacio. Los músculos, tendones y ligamentos de un adolescente son frágiles y no resisten la carga de un peso fuerte. Su mente, al igual que su cuerpo, no asimila una exposición vertiginosa a situaciones y escenarios que requieren conocerse y conocer. Quizás exista un puñado de jóvenes, superdotados que puedan manejar unos niveles de presión superior, pero aún así, la historia dice que sucumben en algún forma, por haber brincado etapas de madurez.
Un deportista o atleta debe respetar ese protocolo establecido biológicamente, donde pasamos de una secuencia tras otra, conociéndonos y asimilando los niveles que alcanzamos y logramos. Es un error de un joven o una joven prospecto querer correr antes de caminar, o querer tomar agua en copa, cuando le toca un vaso plástico. Es un error para un novato querer asumir postín de veterano sin saber las caídas que esa veteranía ha implicado, y las cicatrices que ha dejado.
EL ARTE DE MADURAR: Una de las razones del mal manejo de muchos deportistas jóvenes es que no se dejan entrenar en el arte de madurar. Un joven atleta debe aprender a disfrutar cada temporada de su desarrollo integral. Hay etapas donde hará ejercicios con gomitas, pechadas y marineros para desarrollar resistencia; hay otras que podrá levantar 40 kilos o hacer 200 sentadillas y desarrollar fuerza; hay otras donde podrá tirar de una goma de 700 o 800 libras y correr por millas y millas. Una vez vaya rebasando los linderos, entonces podrá desafiarse a entrar en mayores pesos.
El arte de madurar requiere conocerse y administrarse; requiere identificar que la ansiedad por lograr algo nos puede traicionar si precipitamos los pasos; requiere ir contra el pensamiento de que podemos brincar la tablita y saltar pasos, y que estos no nos alcanzarán. Como atleta y seres humanos, hay pre-requisitos que a ninguno de nosotros se nos va a exonerar. Hay etapas ineludibles que hay que agotar, pues el atravesarlas nos preparará para asumir un desafío más.
El secreto de aprender a madurar debe ser conducido por un adulto con pericia, pues el joven atleta por su inmadurez, no sabe como esperar que sus músculos y su fisionomía pueda desarrollar. Un adolescente o joven aún no conoce su cuerpo, su potencial o su proyección y a veces no comprende porque un entrenador, padre o coach le prohíbe o exime de adentrarse en ciertas rutinas o regímenes.
El joven o la joven se concentra más en lo externo y lo tangible y en lograr de una forma rápida verse fuerte y atractivo. Ese joven necesita de una orientación, una mano amiga que lo dirija y le diga que nadie aprende a manejarse abruptamente. Todo requiere su tiempo, su preparación, y el arte de madurar se aprende mientras se hace camino al andar.
“Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.” Mateo 6:34. Cada temporada trae su propia demanda, enfoquémonos la que toca, sin precipitar la que aún no podemos manejar.


