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miércoles, agosto 5, 2020
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¿Vamos o nos llevan?

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Por Néstor Estévez

Especial/Caribbean Digital

Desde ya se asume como imperiosa necesidad acudir a buscar apoyo con especialistas en la conducta humana, como parte de las acciones que ayuden a superar la crisis que todavía no llega a su final.

Con solo echar una mirada, “a vuelo de pájaro”, a las publicaciones en las principales redes sociales virtuales es fácil encontrar el predominio de quienes demuestran –eso se puede advertir sin necesidad de haber estudiado a fondo- serios trastornos de conducta.

Quienes estudian la conducta humana hacen referencia a tres ámbitos con relación dinámica: pensamientos, sentimientos y acciones. Cualquiera de estos tres elementos incide en la alteración de los otros dos, a menos que intervenga alguna decisión consciente que lo impida o atenúe.

En situaciones regulares, lo que pensamos genera sentimientos, y la manera como nos sentimos lleva a realizar determinadas acciones. Pero también se entrecruzan: lo que sentimos incide en lo que pensamos o lo que hacemos, y lo que hacemos –si no lo analizamos antes- nos pone a pensar. Y todavía más: lo que alguien hace o dice puede generarnos sentimientos, y con lo que hacemos o decimos podemos incidir en lo que sienten y piensan los demás.

Pensamientos, sentimientos y acciones en tiempos de Covid-19

En estos días, como expresión de lo más visible de la actual crisis (Covid-19), sobran mensajes que sirven para medir lo que ocurre en términos de pensamientos, sentimientos y acciones. La inmensa mayoría dice no soportar más las disposiciones recomendadas como protocolo ante la crisis (confinamiento, distancia física entre las personas, toque de queda, etc.). El proceso de reapertura ha sido esperado con mayor vehemencia que la Navidad o el Año Nuevo, al punto de temerse que la denominada desescalada por fases pudiere provocar un empeoramiento de la crisis. Desesperación, aburrimiento, violación de disposiciones y compras compulsivas son solo algunas manifestaciones de las conductas comunes en esta etapa.

Esas conductas suelen ser alimentadas con la torpe gestión de los mensajes a que nos exponemos en la vida moderna. Pues encontrarnos, de repente, con horarios dislocados, sin reparar en el día de la semana ni en la fecha, descubriendo cosas de miembros de la familia con quienes solo compartíamos techo son expresiones muy comunes en los cambios que estamos viviendo. Todo eso conecta con más tiempo dedicado a la exposición mediática y, con ella, a la avalancha de mensajes que circulan por doquier.

Una mezcla de miedo y desconocimiento, con alta dosis de ingenuidad, han provocado una avalancha de mensajes muy difícil de medir. Desde “expertos” hasta personas con buenas intenciones, pasando por líderes políticos que negaban la existencia o minimizaban la incidencia de la pandemia, tildando a científicos y reales expertos como enemigos políticos, además de profesionales de la salud ofreciendo “orientaciones” que no han sido debidamente validadas, entre otras muchas acciones, han provocado lo que se conoce como una infodemia. Con ese neologismo se denomina la cantidad excesiva de información ‒en algunos casos correcta, en otros no‒ que dificulta a las personas encontrar fuentes confiables y orientación fidedigna sobre el tema.

Como muestra de la infodemia encontramos en una sola red, YouTube, que en los últimos 30 días han sido subidos casi cuatrocientos millones de videos en las categorías “COVID-19” y “COVID 19”. Es entendible que ocurra cuando tanta gente prefiere un tutorial, sin importar quien lo “facilita”, a buscar y contrastar información validada y con cierto rigor científico. Es entendible porque las acciones perversas, paradójicamente, corren a la velocidad de la luz, mientras la ciencia va más lenta que el sonido.

Eso abre campo a la infodemia, eso facilita y hasta promueve que la confusión y el caos, con disfraz de información, adquieran dimensiones exponenciales en cortos períodos. Eso prepara escenario idóneo para la desinformación y los rumores. Eso deja “cancha abierta” a la manipulación de la información con dudosas intenciones. En la era de la información, este fenómeno se amplifica mediante las redes sociales virtuales, logrando incidir y llevar el daño más lejos y más rápido que un virus real.

El intelectual español Manuel Castells nos habla de la “sociedad red”, en la que internet es el corazón de un nuevo paradigma sociotécnico que constituye en realidad la base material de nuestras vidas y de nuestras formas de relación, de trabajo y de comunicación. Explica Castells que “lo que hace internet es procesar la virtualidad y transformarla en nuestra realidad, constituyendo la sociedad red, que es la sociedad en que vivimos”.

Definitivamente, nos ha tomado desprevenidos aquello que Alvin Toffler alcanzó a ver antes de 1980. Independientemente del tema, el común de los seres humanos se siente en capacidad de exponer, además de opinar, como si se tratara de algo que ha vivido y revivido hasta hacerlo parte de su esencia. Justamente en esta etapa, cuyo centro –para el público en general- es ocupado por un virus, se ha manifestado a plenitud la capacidad de “viralizar” que nos ha otorgado esta “Tercera ola”.

Por supuesto, una cosa es apelar al morbo o provocar opiniones y debates sobre el más banal de los temas, y otra muy diferente es saber “por dónde se le entra el agua al coco”, teniendo real manejo de las maneras como sentimos, pensamos y actuamos las personas; y mucho más diferente es usar esa información para accionar de manera deliberada en torno a fines que, en muchos de los casos, procuran obtener provecho de tanta gente incauta.

Lo real es que no existen mensajes inocentes. Hay –y en grandísimas cantidades- inocentes incapaces de descubrir el real propósito de determinados mensajes.

Mientras eso ocurre, mediante distracción, creando problemas con soluciones ya encontradas, aplicando el “gota a gota”, simulando sacrificios, subestimando la inteligencia de los demás, induciendo ciertas emociones, sumiendo en el oscurantismo, provocando sentimiento de culpa y hasta usando medios para conocer de la gente más que sus propios parientes y amigos, alguien que prefiere actuar sin que se note obtiene gran provecho de todo el desorden provocado.

El tema está bien documentado

Ya Vargas Llosa lo ha referido en La civilización del espectáculo. Antes circuló la obra (La société du spectacle) nombre original de La sociedad del espectáculo, trabajo de filosofía publicado en 1967 por el situacionista y teórico político Guy Debord. El estadounidense Michael Crichton ha dicho: «La gran paradoja de la era de la información es que ha concedido nueva respetabilidad a la opinión desinformada». José Saramago ha planteado que “El mundo se está convirtiendo en una caverna igual que la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad”.

Pero el común de los humanos, sin reparar en ello, en medio de la vorágine, sin tomarnos tiempo para pausa alguna, asumiendo que la competencia es con el otro y no conmigo -para lograr una mejor versión de mí-, con el afán de tener –en lugar de ser-, en una carrera hacia la nada, se encarga –casi de seguro que sin saberlo- de evidenciar lo descrito por ellos.

La falta de conectar pensamientos, sentimientos y acciones ha provocado cambios que asustan. Da la impresión de que los denominados animales irracionales logran mejor acierto con eso de sentir. Y como pensar se ha ido volviendo lujo, no hay mucho que buscar en los resultados de las acciones humanas. Es como si los humanos comunes y corrientes (diseñados para solo producir y consumir) nos hayamos descubierto incapacitados e imposibilitados para encontrar maneras que nos ayuden a identificar y (ojalá que) gestionar la red

Se ha hecho muy difícil que se repare en usar un esquema sencillo para estudiar un mensaje: ¿Quién lo dice? ¿Cuándo –en cuál contexto- lo dice? ¿Dónde –o por dónde-lo dice? ¿A quién –o a quiénes- lo dice? ¿Por qué lo dice? ¿Para qué lo dice? A eso se agrega que muchas veces –también como parte del significado del mensaje- se prefiere hacer a decir, sobre todo cuando el real emisor está interesado en valerse de alguien que le “santifique” ese mensaje.

Quien logre detenerse y pensar, a propósito de los fuertes cambios que están ocurriendo, podría reparar en que una necesidad –quizás la más- urgente del ser humano es ser humano. También podría reparar en que –por el momento- solo tenemos este planeta para vivir. Quizás llegue a la conclusión de que “la vida es un ratico”, que su sentido más trascendente es lograr felicidad, y que ésta solo es real cuando la provocas y la compartes con los demás.

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