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Lectura de la palabra de Dios. Archivo

José Alfredo Espinal

Caribbean Digital

SANTIAGO, RD.- “Y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y les causarán la muerte”. Mateo, 10:21. Si este precepto bíblico ocurre en ocasiones, ¿por qué sorprenderse cuando un compañero o excompañero sentimental de una mujer le quita la vida y luego se suicida?.

Sencillamente, porque son acontecimientos de violencia abominable en todo el sentido de la palabra, pero cuando se dan tan a menudo en nuestra sociedad, especialmente en el seno familiar, la mayoría de la gente suele reaccionar con asombro.

Las charlas, los programas de orientación llevada a cabo por instituciones públicas y organizaciones sin fines de lucro, así como el castigo penal que recibe el individuo que ha cometido un hecho violento, son medidas que de una u otra manera contribuyen a concientizar  a la población acerca de este flagelo que cobra la vida de decenas de mujeres cada año en nuestro país.

Sin embargo, a la gente se le ha estado olvidando lo más importante para cambiar la actitud agresiva enraizada en la mentalidad del hombre dominicano, como es el amor al prójimo, uno de los diez mandamientos más importantes que Dios nos ha regalado para que vivamos sanos, espiritualmente, sobre todo.

Amar a una mujer no puede jamás justificarse quitándole la vida cuando ésta no le corresponde. Amarla es respetarle su derecho a  tomar la decisión que le corresponda, en el día y el momento que lo considere necesario.

Pero, cuando nos falta Dios en nuestro corazón esa parte se entiende muy poco. Lo mismo aplica desde la mujer hacia el hombre. La relación de pareja es un asunto de dos. Condenar a uno para justificar al otro, no es un consejo saludable para los esposos ni para los amigos.

 

 

 

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