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Miguel Vargas. Archivo.

Servicios/Caribbean Digital

SANTO DOMINGO./ El presidente del Partido Revolucionario Dominicano, Miguel Vargas, advirtió este miércoles en Guatemala que la preservación de la seguridad ciudadana no se limita ya a dar respuestas al drama humano que padecen millones de familias en República Dominicana y Centroamérica sino que es también un problema económico relacionado con el fomento de las inversiones y el turismo, y un factor de incremento de los costos operativos de las empresas.

Miguel Vargas. Archivo.

Al exponer sobre la Visión de los Partidos Políticos en el Desarrollo de Políticas de Seguridad Ciudadana, en el marco de la XX Conferencia Centroamericana y del Caribe de Partidos Políticos sobre Seguridad Ciudadana, Población y Desarrollo Regional, auspiciada por el Parlamento Centroamericano, Vargas dijo además que el enfrentamiento exitoso de la delincuencia común, el crimen organizado y otros generadores de violencia no pueden reducirse sólo a la adopción de medidas policiales.

Vargas, quien presidió una de las mesas de trabajo de la conferencia expuso que en la experiencia del PRD y República Dominicana entienden  que la seguridad ciudadana es una problemática de carácter estructural, “lo mismo que los déficits en salud y seguridad social, en educación y en todos esos renglones que resumimos bajo el nombre de deuda social acumulada”.

Participaron en la conferencia el general retirado Rafael Guerrero Peralta, director de Seguridad Pública del PRD; Peggy Cabral, secretaria de Relaciones Internacionales; y los diputados del Parlacen, Tony Raful, vicepresidente; Silvia García, y Aníbal García Duvergé. Janet Camilo, presidenta de la Federación Dominicana de Mujeres Social Demócratas, participó en la conferencia de mujeres.

Un problema sistémico

Para el PRD, expuso Vargas, la inseguridad ciudadana es un problema que ha adquirido ya carácter sistémico, de fondo, que debe ser enfrentado en sus vertientes económico-sociales, culturales y educativas, medioambientales, migratorias y político-institucionales.

El también vicepresidente de la Internacional Socialista y de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina sostuvo que diversos factores se han coaligado para desbordar los niveles de seguridad ciudadana de que disfrutábamos en Centroamérica y República Dominicana hace cincuenta o sesenta años, o en tiempos aún más tempranos, cuando según la evocación fecunda de Gabriel García Márquez, “éramos felices e indocumentados”.

Puntualizó que en la mayoría de nuestros países vimos invertirse la zona de los asentamientos humanos,  pues mientras apenas en los años sesenta de un 60 a un 70 por ciento de la gente vivía en el campo, y de un 40 a un 30 por ciento se concentraba en las ciudades, en la actualidad esa proporción se ha invertido.

Esa tendencia se vio estimulada, además, en el hecho de que para esa época en la mayoría de nuestros países superábamos regímenes dictatoriales e incluso tiránicos, como el que tuvimos en República Dominicana hasta 1961, que  ejercían un férreo control sobre la vida de la gente, incluyendo los flujos migratorios.

Para la época, los países centroamericanos y República Dominicana buscaban mercados para las exportaciones tradicionales o de zonas francas, impulsaban  el turismo, gestionábamos conectarnos a la gran revolución de las tecnologías de la información y la comunicación y, en resumen, trabajábamos en cimentar modelos de crecimiento económico que nos ayudaran a combatir la pobreza, a crear riquezas y a impulsar el desarrollo humano.

Pero paralelamente,  advirtió, en nuestra subregión se disparaba el consumo de drogas, se internacionalizaba el narcotráfico, entraba en auge el crimen organizado; crecía el lavado de activos y la trata de blancas, generándose mercados delincuenciales que crecieron a mayor velocidad que la capacidad de nuestras sociedades y estados para establecer medidas de prevención y  control.

Agregó que “el hacinamiento y el deterioro de la calidad de vida en nuestras grandes concentraciones urbanas; las carencias educativas y culturales; el desempleo y los empleos informales; la inequidad y las exclusiones; y, por qué no agregarlo, el estrés y la angustia existencial que ocasiona en muchos ciudadanos la insatisfacción de justas aspiraciones y expectativas, han provocado además una caldeada acumulación de violencia intrafamiliar que en países como el nuestro,

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