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Los amigos deben ser en las buenas y en las malas. Foto cortesía Google.

José Alfredo Espinal

Caribbean Digital

ANSONIA, Connecticut, Estados Unidos.- Los verdaderos amigos no son aquellos que te sonríen cuando triunfas o cuando le sirves en alguna etapa de su vida.  No son aquellos que te alaban cuando tienes el poder de decisiones y tampoco son aquellos verdaderos amigos los que solo te buscan cuando acaricias el dinero al por mayor y al detalle.

Esos son amigos por lo que tienes. De esos siempre existirán, porque son amigos de las circunstancias, son, penosamente, aprovechadores de ilusos que se creen importantes, pero que en realidad viven un sueño pasajero que se le acaba cuando dejan el carguito que le brinda el amigo del gobierno o cuando se esfuma su poder económico logrado por otras vías, algunas veces, dudosa.

Ciertamente, las circunstancias nos permiten hacer amigos. En situaciones de época de oro, también en temporada de crisis. Los amigos verdaderos son aquellos que no solamente buscan sonreírte cuando te ganas la lotería, sino aquellos que también padecen por tus fracasos. Hay amigos de todo tipo, pero el amigo verdadero te ayuda a caminar cuando estás deprimido y celebra contigo el éxito alcanzado.

En muchas etapas de la vida alcanza a ver a muchas personas que se dicen ser tus amigos. Unos que realmente lo son porque nunca se han ido; otros que se adhieren a ti porque necesitan un empujón y aprovechan tus relaciones para alcanzar su propósito, una vez lo tienen, se desaparecen como los magos.

En lo particular he sido un afortunado. Dios me ha bendecido grandemente. Mis amigos, por los menos los verdaderos amigos, saben de qué dependo y de dónde vengo. Saben de mis éxitos y de mis fracasos. Son parte de mis triunfos y han sido testigos de mis caídas que, en la mayoría de las ocasiones, han sido tropiezos que otros provocan para alzarse con su propio ego, pero que sin darse cuenta, también levantan el mío.

Mi verdadero y mejor amigo es Dios. Con él converso todos los días. Le hablo de mis triunfos y de las caídas que he tenido por mis propios pasos, y también, por las que otros han provocado que en algún momento hayan ocurrido en mi vida.

Quienes somos creyentes con fe y con el corazón en Dios, como nuestro único Salvador, sabemos que Jesucristo no se goza en las injusticias y que a él, solamente a él, es a quien todos tenemos en algún momento que rendirle cuenta.  Porque hay vivos que están muertos, y muertos que están vivos.

Soy un hombre feliz. No porque en algún momento de mi vida no haya padecido crisis emocionales. No lo digo porque tenga a mis hijos y a mi esposa y a toda mi familia, a mis amigos y relacionados que me desean cosas buenas en la vida, sino porque en mi corazón vive el Dios real, el que todo lo puede, el que todo lo ve y el que todo lo sabe.

Soy un hombre feliz, porque Dios me ha ayudado a no ensuciar mi corazón con pensamientos y diatribas contra nadie en particular, incluso, contra mis enemigos. Detesto las injusticias, pero perdono a mis enemigos. Si no lo hago así, tampoco Dios lo hará conmigo.

Si queremos vivir en paz, vamos a hacer el bien todos los días de nuestras vidas, sin mirar a quien favorecemos…

“Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”. Gálatas 6:10

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