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Eugenio Taveras. Archivo.

Por Eugenio Taveras

Especial/Caribbean Digital

SANTIAGO, RD./ El  cementerio de la 30 de Marzo en Santiago, República Dominicana, queda frente al Cuerpo de Bomberos en la Ave. 27 de Febrero y todas las aguas que vierten en su centro, ya sean las nubes o quienes hacen labor de limpieza van a parar a la calle 6 de Septiembre del sector Pueblo Nuevo.

Eugenio Taveras. Archivo.

Cuando el mercado de pulgas iniciaba el proceso de retiro se dejó sentir el último aguacero que cayó por esta zona en esa semana y el contén que da a la pared del cementerio recibió las caricias del torrente que por las perforaciones a ras del terreno posee el camposanto para que el líquido purificado salga al exterior e inicie el proceso de juntarse con las demás corrientes hermanas para completar un círculo que se repite una y otra vez desde que las lluvias hicieron presencia en el universo hasta la eternidad.

El impacto que recibí me dejó estupefacto al contemplar con asombro y dolor cómo un grupo de niños del entorno disfrutaba de un baño gratificante y uno de ellos de apenas seis (06) años, hacía las veces de represa con su cabeza para que el líquido no siguiera su curso.

Mis interrogantes no pueden esperar:  ¿Dónde estaban los padres o tutores de esos niños en el momento que ellos utilizaban esas aguas contaminadas?, ¿Tienen esos padres o tutores un control mínimo de las acciones sobre esos infantes de los cuales ellos son responsables?, ¿Tienen ellos en sus arcas el costo de una infección que pudiera provocar el contacto con aguas salidas de un cementerio?, ¿Saben ellos que las leyes están escritas para ser cumplidas y que no se cumplen, pero que si se cumplieran lo menos que puede acarrearles es que la justicia se haga cargo de sus hijos por falta de responsabilidad?

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