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Casa remodelada.

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SANTIAGO, República Dominicana.- A la sombra de un sensible “árbol de piña” que no se resiente de nada, desde la roja fragancia de la flor “bonete de cardenal”, a la luz de un idílico patio, pulcro y sobrio, que huele a naranjal y por el que corre la fresca y libre mañana, una mujer risueña y de expresión dulce, desteje el pasado.

Casa remodelada.

Miledy de la Cruz es la atenta hija del mártir de la tiranía trujillista Rufino de la Cruz, eliminado junto a las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal Reyes, y cuyo valor personal no es menor que el de ningún otro que lo tuviera como profunda y reluciente perla de la hora decisiva de una nación más que atribulada.

Embebido de la sobriedad que mana de un hogar tan herido, el empresario José- Dorín-Cabrera, sensibilizado por cierta desmemoria que no ha de serle por obligación atribuible sino a error y a la tendencia nacional a especializar estrechar la presencia de los héroes y mártires, se decidió a remodelar, cuando todavía es tiempo de hacerlo, la casa del valeroso conductor.

El hecho no pasó, no podía pasar inadvertido a Miledy y su familia y ella se muestra satisfecha del hecho justiciero.

Desde una de las ventanas se mecen, lustrosas e indiferentes las hojas de la flor llamada “tú y yo” que suelen estar  entre las modestas satisfacciones, más la cercanía de sus hijos, en la casa de al lado, la vida rural de Miledy de la Cruz.

La modesta casa fue levantada en 1919 y la madera que no ha sido muy bien tratada no soporta tan cercanos y tan numerarios aguaceros desde 62 años a la fecha, de modo que haberla reconstruido y repintado es un acierto más que oportuno, justiciero. Rufino nació un 10 de noviembre de 1923 y murió, asesinado, a la edad de 37 años, tras haberlos cumplido hacía 15 días.

-Esta es la casa del peregrino, precisa doña Miledy, sin dejar de sonreír, mostrándose tan atenta como lo puede ser una mujer de su temperamento, después de todo, alegre.

Ella tenía diez años de edad cuando el vértigo cruel de la inesperada ausencia de su padre y las tres muchachas anunciaba el comienzo del cambio de los acontecimientos nacionales.

De Rufino (cuando llevamos esa edad creemos que los padres son dioses  y que son eternos (recuerda más que nada su sonrisa).

-Era, agrega, amable, respetuoso…

(La invade una cierta melancolía que no llega a lágrima porque talvez ya no quedan)…

-En algún momento de aquellos segundos tan intensos me dí cuenta de que ya no lo volvería a ver. (El sabía a lo que iba, a reunirse con la eternidad).

La falta del amor de un padre entra dentro de los acontecimientos indescriptibles que sólo podría contar, s pudiera, el sentimiento sublime y terrible del alma humana.

El tuvo el valor que faltó a otros, esa es su cuota de grandeza…El tiene el derecho, plenamente ganado, de ocupar una condición más digna. Fue valiente, jamás tuvo miedo y lo prueba su decisión definitiva.

-Sufrí terriblemente su pérdida, quedé literalmente, a esa breve edad, destrozada.

Es hora de abandonar la vivienda de color hueso en cuyos alrededores se escancia un intenso olor a cerezas y aflores renacidas.

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