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Una de las veces que Madonna acudió al programa Late Show with David Letterman, ya divorciada de Sean Penn, el mítico presentador le preguntó si le gustaría volverse a casar y la cantante respondió: “Mire, voy a serle sincera, antes preferiría que me atropellara un tren”. Nadie duda de Madonna salió escaldada de esa primera experiencia con el explosivo actor, pero debió de pensárselo mejor -y mucho-, porque una década después contrajo matrimonio con el director de cine británico Guy Ritchie. Pero la ambición rubia no es la única, ni mucho menos, que se desdice de sus propias palabras y repite. En nuestro país, de las 172.243 parejas que se casaron a lo largo de 2016 -un 2% más que el año anterior-, un 7,1% de los hombres (12.229) y un 7,7% de las mujeres (13.262) eran divorciados, mientras que el porcentaje de viudos apenas llegaba al 0,4 y 0,5%, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

“Divorciarse es una de las cosas más violentas que pueden sucederle a uno y no es fácil llegar a asimilarlo del todo. De hecho, jamás se consigue”, dice el protagonista de la novela Stanley y las mujeres, probablemente alter ego de su autor, el británico Kingsley Amis. Sin duda, el divorcio es un proceso doloroso que, en el peor de los casos, puede convertirse en una batalla campal. Pero la memoria es selectiva y cada día son más los que no dudan en repetir la experiencia y pronunciar por segunda vez (o más) el “sí, quiero“.

La pregunta que toca ahora es ¿por qué? ¿Por qué no ser compañeros de vida, como hacen muchos, sin necesidad de convertirse formalmente en marido y mujer? La respuesta es múltiple. La primera razón, y la más común, no tiene nada de romanticismo: es puro pragmatismo.

Sara y Adrián llevaban ocho años viviendo juntos y no tenían planes de boda hasta que ella sufrió un problema de salud y él tuvo que pedir a sus “suegros” que firmaran una autorización. “Nada más recuperarme decidimos casarnos -cuenta Sara-. Nos dimos cuenta de que, a efectos legales, éramos como dos perfectos desconocidos“.

La abogada de familia Elena Zarraluqui lo corrobora. “Si no estás inscrito como pareja de hecho o no estás casado, no tienes absolutamente ningún derecho: no tienes ventajas fiscales, no puedes recibir una pensión, no puedes entrar en la UCI o solicitar permisos en el trabajo…“, explica. Y cuando llegan los hijos, esta sensación de desprotección legal se agudiza y la balanza suele acabar inclinándose por firmar los papeles.

“Si no estás casado o eres pareja de hecho, no tienes derechos”.

Pero, para muchos otros, ese segundo matrimonio llega con tanta o más ilusión que el primero. “En ocasiones, el primer enlace es el resultado de una decisión errónea que no se tomó con plena consciencia. Personas muy jóvenes que se casaron sin tener unos sentimientos sólidos o presionadas por la tradición, sus familias, un embarazo… y que, enseguida, se dieron cuenta de que la relación no era lo que esperaban. Además, este tipo de parejas que empezaron muy jóvenes, apenas sin experiencia, suelen tener problemas de de entendimiento en materia sexual”, afirma la terapeuta de pareja Eva Perea.

Cásate conmigo

“También son muchos los que valoran enormemente el compromiso y piensan que el matrimonio es el siguiente paso en una relación consolidada -añade la terapeuta-. O los que no tratan de desquitarse de un fracaso anterior dándole, de alguna manera, una nueva oportunidad a su vida“. Este es el caso de Teresa, que recuerda que el día de su primera boda ya sabía que aquello no funcionaría. Nacho y ella eran novios desde el instituto, pero no habían evolucionado de la misma manera. Sin embargo, hicieron lo que “todo el mundo” esperaba de ellos hasta que, ocho años y dos hijos después, se sinceraron el uno con el otro y siguieron caminos separados.

“Mi experiencia no fue buena, pero cuando rompimos lo pasé fatal. Él tomó la decisión porque se había enamorado de otra y yo estuve una larga temporada volcada en mis niños y no quería saber nada de hombres. Incluso decía que no me volvería a casar ni loca pero, tras varios años conviviendo con Pedro, optamos por formalizar la relación. Soy bastante tradicional y él, que era soltero, siempre me decía: “Si te casaste con tu ex, que era un desastre, cómo no te vas a casar conmigo”.

De los errores cometidos la primera vez se extraen lecciones que nos ayudan.

María Isabel Jociles, profesora de Antropología Social de la Universidad Complutense de Madrid, apunta otros motivos para contraer segundas nupcias. “La sociedad española se ha ido secularizando y muchos, incluso creyentes, ya no le dan al matrimonio esa trascendencia que tenía antes. Cuando una pareja se separa no se atribuye al fracaso de la institución del matrimonio, sino a la mala elección de la pareja. Y se contempla el segundo enlace como una oportunidad para elegir mejor -argumenta-. Además, somos más abiertos con las cuestiones relativas a la vida privada y se ha dejado de ver a las familias reconstituidas, tras segundas o terceras nupcias y, sobre todo, si había niños implicados, como algo conflictivo que disuadía a muchos de volver a casarse”. También apunta a los cambios legislativos, que hacen menos costoso divorciarse en tiempo y dinero.

“Lo reconozco, se me hacía durísimo no tener pareja. Admiro a esas mujeres que se separan y son capaces de lidiar con los hijos y el trabajo sin renunciar a disfrutar con sus amigas o sus ligues. Pero yo me encontraba muy sola y necesitaba sentirme querida”, reconoce Marta, felizmente casada en segundas nupcias.

Para la socióloga y sexóloga Delfina Mieville, este es un caso muy habitual: “Ha cambiado el modelo de sociedad y el afecto no está cubierto por una estructura amplia: amigos, primos, hermanos… Estamos más solos y nos comprometemos con una sola persona. Metemos todos los huevos de nuestra emocionalidad en la misma cesta: la pareja es el amante, el amigo, el cuidador… Ahora que nada es seguro, que todo puede cambiar de la noche a la mañana, compramos amor y, al mismo tiempo, seguridad. Un compañero cubre todas nuestras exigencias afectivas y, si se acaba la relación, buscamos a otra persona”.

Melville también contempla la ceremonia matrimonial como un “rito de paso”. Una primera boda, afirma, “es el paso de la soltería a un estatus diferente. Y el segundo matrimonio también lo es: dejo atrás todo lo que significó mi vida anterior y empiezo una nueva”, añade.

En los últimos años, las cifras de mujeres y hombres que repiten se han igualado.

¿Funcionan mejor las segundas oportunidades en el amor? Sigmund Freud, en su libro Sobre la sexualidad femenina (1931), exponía que las primeras nupcias no suelen funcionar porque la sensación de enclaustramiento puede ser tan fuerte y las expectativas tan altas que inevitablemente surgen las decepciones. La idea del amor romántico y el príncipe azul se estrella contra el muro de la realidad y la pareja se hace añicos. El psiquiatra J. A. Malarewicz en Repenser le couple [Repensar la pareja] también mantiene que, de los errores cometidos la primera vez, se extraen lecciones que nos ayudan a afrontar las siguientes relaciones con mayor solidez.

Sin embargo, los datos no les dan, en principio, la razón. Según el informe La transformación de las familias en España desde una perspectiva sociodemográfica (2014), la duración media del primer matrimonio era de 16,3 años, mientras que la del segundo bajaba a 15,8. Esto no quiere decir necesariamente que las segundas uniones sean peores sino que, desde el punto de vista emocional, no resulta tan difícil romperlas. Ya no se aguanta contra viento y marea y no asusta tanto pasar por un proceso de divorcio.

“Mi experiencia profesional me dice que los segundos matrimonios funcionan mejor porque los contrayentes son más maduros y realistas, han aprendido del pasado y tienen más claro lo que quieren y lo que no”, afirma Zarraluqui. “Para que la segunda unión prospere, es fundamental que se haya gestionado bien el fin de la primera -explica Perea-. Si no se enmiendan los errores cometidos, como la falta de comunicación o de independencia, es probable que surjan problemas. Por eso la gente suele escoger una segunda pareja opuesta a la primera. También es importante que no queden flecos sin resolver del anterior matrimonio, como la custodia de los hijos o los vínculos con la expareja”.

Ellas toman la decisión

Hasta hace unos años, eran más los hombres que contraían segundas nupcias que las mujeres. Por un lado, ellos encontraban más dificultades para valerse por sí mismos en las cuestiones domésticas y tenían acceso a un mayor número de parejas de todas las edades. Por el otro, ellas se mostraban más reacias a repetir experiencia, se desenvolvían mejor solas y eran las que se hacían cargo de los hijos.

Pero en los últimos tiempos, como indican las cifras del INE, los porcentajes se han igualado. Una tendencia que se repite en aquellos países que gozan de mayor equidad de género. ¿Las causas? “La mayoría de las esposas trabaja y eso facilita su independencia ante la toma de decisiones sobre el divorcio o el inicio de una nueva relación -argumenta Ana Mª Rivas, profesora de Antropología Social de la UCM-. Las leyes también impulsan este cambio con la implantación de la custodia compartida, que al facilitar la corresponsabilidad de los padres permite a las mujeres más libertad para gestionar sus relaciones personales”.

*Artículo originalmente publicado en el número 967 de mujerhoy.

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