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Vista de la marcha por una de las vías de San Pedro de Macorís. (Diario Libre/Franklin Cordero). Archivo

José Alfredo Espinal

Caribbean Digital

SANTIAGO, República Dominicana.- La innovadora expresión popular conocida en nuestros días como la Marcha Verde, ha de servir como la principal voz del pueblo dominicano en su lucha contra la corrupción y la impunidad. No es una guerra para enfrentar al gobierno y a sus funcionarios, sino para combatir lo que está mal hecho.

Un país donde impere la ley, la institucionalidad y el respeto es lo menos que deberíamos apoyar por el bien de toda una sociedad que, aupada por un grupito de sinvergüenzas ha estado sumergida en los más escandalosos casos de corrupción.

Apoyar la lucha popular por el bienestar de todo un pueblo que ve morir sus oportunidades por quienes se roban el erario, no es una manifestación de sublevación contra las autoridades que nos gobiernan, y si así lo piensa, pues inscriban a muchos dentro de ese amplio sentir de colectividad nacional.

Los que pagan impuestos, los que trabajan día a día, los que padecen la arrogancia de los poderosos y los que hacen de sus principios un estilo de vida, siempre estarán  dispuestos a enfrentar a los que conviven en nuestro habitad con sus mañas intrínsecas.

Así es la vida, mientras unos pocos se enriquecen de las mieles del poder, las mayorías se ven obligadas a padecer y, sobre todo eso, también se les quiere impedir que manifiesten su grito de desahogo en las marchas verdes que se realizan en todo el país.

Aunque las marchas son verdes, podrían ser muchos más los que viven el clamor popular porque se frene la corrupción y la impunidad en el país, que aquellos que exhiben el color de la esperanza. No todos visten de verde. Ese color atormenta más que el rojo a los toros y más que el diablo a la cruz.

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