Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto

Para algunos el titulo de este trabajo Perdieron Las Águilas, triunfó Bartolo Colon, pueda que sea una expresión incoherente frente a una derrota de este equipo el jueves veintinueve de noviembre en el estadio Cibao de Santiago.

Sin embargo, si examínanos el fondo de esta locución y, al mismo tiempo, la confrontamos con la grandiosidad historica en el montículo de un jugador y a ello se le suma la convicción del propio atleta, su ejemplar disposición de despedirse, no de su equipo Águilas Cibaeñas solamente, sino de la fanaticada de un pueblo apasionado con el beisbol: allí descansa y no en una derrota, el sentido verdadero del triunfo de Bartolo Colón-

Observar ecuánimemente aquella noche inolvidable en la que una estrella de Grandes Ligas se retira del firmamento en el que su nombre ha relucido con destacada luminosidad y quien por amor a su pueblo decide lanzar un juego en cada parque de beisbol de su país, el hecho en sí es extraordinario y merece el elogio de toda la fanaticada del deporte rey.

«Perdieron Las Aguáis, triunfó Bartolo Colón, es tan solo un encabezamiento de un trabajo de un intelectual, no de un hincha excitado que va a un estadio a regocijarse con exageración de la derrota del equipo contrario, sino a disfrutar de ver por última vez a un atleta del beisbol decirle adiós desde la colina sacra a una fanaticada sensata que aun en su exacerbación emocional entiende que está despidiendo a uno de los jugadores de pelota más grande de la historia con unos números impresionantes en las Grandes ligas.

Por eso, Bartolo Colón fue esa noche inmortal el triunfador egregio y así debe apreciarse llevando a nuestros corazones, fanáticos o no de Las Águilas Cibaeñas, aquella presencia señorial que desde el montículo del país se veía agigantada sobre sus propios y trascendentales triunfos como pitcher excepcional del beisbol.

El equipo Licey no derrotó a Bartolo Colón, su triunfo fue un homenaje a un compañero combativo desde el montículo, lomita que el atleta supo enaltecer con su nobleza, con su virtualidad, con caballerosidad y con veteranía absoluta para dominar a sus contrarios con sus rectas encendidas, sus curvas seductoras que propinaron ponches e hicieron abanicar a bateadores de renombres y mundialmente famosos en los estadios de Grandes Ligas y en el país.

De hermosa y paradigmática deberá ser asentada en el libro de oro de la historia del beisbol la actuación de Bartolo Colón a lo largo de su carrera. Por eso debo despedir este trabajo con profunda alegría, como deben despedirse los atletas que han puesto en lo más alto del asta la bandera tricolor.

El dominicano Bartolo Colón, a quien no conozco personalmente, a sus cuarenta y cuatro años de edad y todavía lanzando para el plato sus últimas emisiones, solo es comparable con los estelares lanzadores Phil Niekro. Nolan Ryan, Jesse Orosco, Randy Johnson, Rogers Clemens, entre otros, que figuran en esa constelación de lanzadores excepcionales.

El pueblo dominicano, en su conjunto, debería reverenciar su vitalidad, elogiar sus hazañas y glorificar su majestad en el montículo, por sus resultados y por su hombría de bien. Perdieron Las Águilas Cibaeñas, triunfó Bartolo Colón.

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