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Unos niños haitianos, junto a la tienda donde viven en Canape Vert, a las afueras de Puerto Príncipe, el 21 de diciembre (AFP, Thony Belizaire)

Escrito por: Clarens RENOIS

 

PEIONVILLE, Haití, (AFP) – Mientras el mundo celebra la Navidad, los residentes de un campo de refugiados en Haití dicen que el hambre y la necesidad será la marca de la fecha, al igual que todos los días del año. “No hay coronas, ni árboles de Navidad”, dice Titelma Cherival, de 54 años, que aún vive en un campo de refugiados provisorio a casi tres años del sismo que devastó a esta empobrecida nación.  “La mejor Navidad que podemos esperar es salir de aquí y tener una linda vida en un hogar normal”, agrega Cherival. “Pero tengo pocas esperanzas de que eso ocurra”.

Unos niños haitianos, junto a la tienda donde viven en Canape Vert, a las afueras de Puerto Príncipe, el 21 de diciembre (AFP, Thony Belizaire)

La desteñida carpa en la que Cherival vive con tres niños está rota y cubierta con una lona para protegerse de la lluvia. El campo de refugiados, ubicado en el barrio Canape Vert, en las afueras de Puerto Príncipe, alberga a casi 2.000 personas.

Los residentes se ven obligados a arreglárselas lo mejor que pueden sin electricidad ni agua corriente, y a la ofensiva sombra de un complejo de hoteles de lujo.

La pobreza no es mayor en Navidad que en otra época del año, pero el dolor y la humillación de la necesidad contrasta fuertemente en una temporada dedicada a los regalos y a la alegría en este país predominantemente católico.

“No habrá regalos para los niños y probablemente ni siquiera una comida de Navidad”, dijo Jocelyne, quien vende baratijas para sobrellevar la situación.

“Mire a mis tres hijos, ni siquiera saben qué es la Navidad”, dice.

El fuerte sismo asoló a Haití en enero de 2010, redujo a buena parte de la capital a escombros y dejó unos 200.000 muertos.

Del más de un millón de personas que quedó sin techo, más de 360.000 aún viven en tiendas de campaña, según datos de la Organización Internacional de Migraciones.

“Aquí nadie trabaja. La pobreza es abyecta. Las personas han sido traídas al lugar más bajo de sus vidas”, señala Fritzner Dossous, de 32 años.

“Estamos muertos. Todo lo que esperamos es ser enterrados”, agrega.

Haciendo las cosas más difíciles para los refugiados de este campamento, el dueño de los terrenos donde se ubica reclama la propiedad y busca desalojar a los residentes, quienes no tienen a dónde ir.

“Estamos en un terreno privado. El propietario quiere reclamar el terreno”, dice Dossous, quien ayuda a organizar la seguridad del campamento, que de tanto en tanto es objeto de asaltantes desconocidos.

Los refugiados también se sienten abandonados por los líderes políticos, quienes, en generosas promesas de campaña, se comprometieron a sacarlos de la indigencia.

“Estamos en el camino hacia el palacio presidencial. Pero una vez que toman esa senda, no hacen el viaje de regreso”, dice un hombre que recordó que el presidente Michel Martelly visitó el campo de refugiados durante la campaña electoral.

“Desde entonces no lo hemos vuelto a ver”, indicó el hombre, que luce una muñequera rosada con el nombre de Martelly. “Deploramos esa actitud, pero lo amamos de todos modos”, agrega.

En el campamento, muchos niños semidesnudos y malnutridos corretean entre las carpas con los pies tapados de barro.

En vez de juguetes, se divierten con botellas vacías y otros objetos arrojados en el terreno.

“Estos niños no van a la escuela. Algunos de ellos nacieron aquí y no conocen ninguna otra forma de vida. No conocen ninguna otra forma de ver la Navidad”, señala Neila Honarat, de 20 años.

La estudiante señaló que muchas adolescentes se han convertido en madres cuando deberían de estar recibiendo educación.

“La situación en este campo es dramática. Las chicas se embarazan, nadie sabe quiénes son los padres. Algunas chicas se acuestan para conseguir comida”, dice.

Christella es una de esas chicas. Con 15 años, ya tiene ocho meses de embarazo.

“No sé qué ocurrirá durante el nacimiento”, dice. “Mi madre me cuida porque mi novio se fue, me abandonó”, explica Christella, quien agrega: “no tengo ropa para el bebé. Nada con qué cuidarlo. Nada de nada”.

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