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Yenifer Altagracia Gil Suárez.

Por Yenifer Altagracia Gil Suárez

Vivimos en una sociedad donde la cultura, los avances tecnológicos y la globalización nos ha llevado a preferir todo lo que tenga el concepto light. Al parecer los matrimonios tampoco escapan a esta realidad, pues como los plásticos que son desechables, cada día más preferidos por los comensales y anfitriones, el vínculo matrimonial lleva para muchos la etiqueta de “úselos y tírelos”, pues si existe un compromiso es a medias.

Esa frase se hace evidente con la cantidad de divorcios que se registran cada año. Según datos estadísticos de las Oficialías del Estado Civil y divulgados por la ONE, del 2001 al 2014, se hicieron en el país 234,663 divorcios, siendo el 56% de los mismos por mutuo consentimiento, es decir, sin una causa específica que conllevara a disolver el vínculo matrimonial. Se puede establecer también que el índice de divorcios es más alto que el de matrimonios porque de cada 100 matrimonios, durante el 2014, hubo 41 divorcios, lo que coloca al país entre los primeros lugares a nivel mundial en rupturas matrimoniales.

El matrimonio como unión sacramental o de hecho, constituye la base fundamental para formar familias, las cuales a su vez crean la piedra angular donde se establece la sociedad como tal. Teniendo el matrimonio un concepto y una importancia tan trascendental, ¿Cómo es que se asume con tanta ligereza? ¿Por qué se pueden etiquetar dentro de las cosas light? A mi entender, esto ocurre por la falta de madurez, de responsabilidad y de compromiso con la que se asume el matrimonio.Para muchos casarse es cuestión de moda, para otros es simple conveniencia u obligación y siendo esta alguna de las causas que les llevó a tomar la decisión, difícilmente se pueda establecer una relación duradera y saludable.

Sin hablar de las personas que están en unión libre o de los adolescentes que tienen matrimonios porque los hijos llegan a destiempo, muchas de las relaciones consensuadas un poco más, terminan en separación después de algún tiempo, todo porque no saben asumir las crisis como oportunidades de crecimiento, porque se busca la alternativa más fácil, porque no se tiene la entereza y la determinación para luchar con las armas adecuadas y buscar un consenso, porque las parejas no están en disposición de hablar, de comunicarse, de pedir ayuda, hacer terapias, acercarse a grupos de apoyo y utilizar todos los métodos antes de tomar la decisión.

Es cierto que en ocasiones, lo más prudente es una separación, por la salud física y emocional de los cónyuges, pero también es cierto que todos los inicios son difíciles y que el matrimonio, como todo en la vida, requiere de muchos esfuerzos, dedicación, entrega y de hacer cambios sustanciales en nuestro modo de proceder y actuar. No estoy de acuerdo, en que haya divorcio, si antes no ha habido consenso, si no se han agotado todas las vías y canales para lograr una mejoría en los problemas del día a día que afectan la convivencia, estando conscientes de que hay momentos en los que debemos renunciar a nuestros deseos personales para cosechar un bienestar común.

La actitud al tomar la decisión de casarse debe ser madura, sabiendo que no todo será color de rosas, teniendo la certeza de que la pareja, no es como cambiar de interiores y que se necesitan muchas herramientas para rescatar el concepto de matrimonio y dejar de verlo como una simple moda recordando siempre, que: “La boda es un día, más el matrimonio es para toda la vida.”

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