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Escrito por: Romain Raynaldy

LOS ÁNGELES, 28 Oct 2012 (AFP) – Martha cumplió su sueño, que comparten millones de jóvenes, de comprarse un automóvil. Pero la joven de 23 años, que habla perfecto inglés, es licenciada en sociología y no tiene otro hogar que Los Ángeles, carecía de la licencia para conducirlo porque es indocumentada.

Foto referencial / Image courtesy of FreeDigitalPhotos.net

Pero tenía que arriesgarse si quería poner fin a sus interminables trayectos a pie, bus y metro por las calles de la megalópolis californiana, una ciudad nada amable con los peatones.

Todo porque su familia migró desde México a Estados Unidos cuando ella era pequeña y ahora forma parte de los cerca de 1,7 millones de estudiantes indocumentados, la mayoría hispanos, que no pueden ejercer su profesión ni tienen licencia para conducir en el único país que conocen, porque no tienen los papeles.

La delgada joven, graduada en la Universidad de California, se siente en casa en el distrito latino cerca del parque MacArthur, entre los rascacielos del centro de Los Ángeles, donde ha vivido durante 10 años solamente con su pasaporte mexicano.

Bachatas y salsas suenan desde la radio de su Honda beige, en una calurosa jornada típicamente angelina, cuando Martha Melendrez recuerda la forma en que la trajeron sus padres.

“Creo que la mayoría de las personas que vienen aquí, o los padres que traen a sus hijos, no piensan en ‘oh, esto va a pasar’, en las consecuencias”, explica.

Pero la realidad es que la amenaza de deportación pende sobre cientos de miles de niños y adolescentes educados por el Tío Sam.

No obstante, esta amenaza está suspendida, por ahora. En junio, a pocos meses de las elecciones del 6 de noviembre, el presidente Barack Obama anunció una tregua migratoria que otorga a estos jóvenes un permiso de trabajo de dos años y, para algunos -según el estado donde vivan-, también un permiso de conducir.

Es una versión descafeinada del Dream Act o Ley del Sueño, una medida que sufre idas y venidas desde hace diez años en el Congreso y que promete abrir la vía a la ciudadanía a los jóvenes sin papeles llegados a Estados Unidos antes de los 16 años, conocidos como “dreamers” o “soñadores”.

La llamada “acción diferida” de Obama, ¿es un sueño cumplido?

“Es un alivio temporal por dos años. Te protege de la deportación. Sólo lo vemos como un paso en la dirección correcta”, dijo Martha.

A diferencia de muchos “soñadores”, Martha llegó legalmente a Estados Unidos en 2002 con una visa de turista. Su hermana, que sufrió graves quemaduras en su casa en Navojoa (Sonora, norte de México), decidió involuntariamente el destino de la familia.

Con la ayuda de un hospital en Los Ángeles, la madre consiguió las visas para que la pequeña siguiera un tratamiento en el centro de quemados. A la larga, la madre estimó que era mejor quedarse en la ciudad, contó Martha, cuya visa expiró en 2003. Su padre prefirió quedarse en México.

Los primeros años en un país que no eligió fueron un poco difíciles “porque era un poquito rebelde, no me quería quedar”, contó. “Empecé la ‘middle school’ (secundaria). Era muy diferente, el idioma, la cultura… En México vivíamos muy bien, mi mamá tenía su negocio, y fue muy difícil ajustarse”.

En Los Ángeles, la señora Melendrez trabajó limpiando casas y cuidaba niños.

Pero Martha es pragmática y tuvo apoyo. “Siempre es importante que tengas a alguien que confíe en ti, que crea en tu potencial, porque es lo que hace la diferencia”.

“Especialmente con estudiantes de minorías o de bajos recursos, siempre hay alguien que te dice ‘no puedes'”, continuó.

Pero su consejera de orientación profesional le dijo “sí puedes” y se inscribió en la universidad pública de California.

En unos días estará de nuevo en las aulas para hacer un curso de posgrado. Gracias a una ley californiana pagará la misma matrícula que los estudiantes estadounidenses, es decir 20.000 dólares al año. Y, aunque no tiene mucho tiempo disponible, tendrá que trabajar para pagarla, con papeles o sin ellos.

Mientras tanto, esta infatigable trabajadora y estudiante dedica su tiempo libre a su activismo en DreamTeam Los Angeles, una asociación que lucha por los derechos de los “dreamers”. Militante desde 2007, apoyó apasionadamente la elección de Obama en 2008. Pero la esperanza se ha desvanecido.

“Creo que él hubiera podido haber hecho más cuando la ‘Dream Act’ estaba en el Senado. Al final del día, habla muy bonito el hombre en sus discursos (…), pero en cuatro años no hizo nada. Y eso de la ‘acción diferida’ no lo hizo, ¡lo forzamos!”, aseguró.

No obstante Martha, que no puede votar, sigue prefiriendo a Obama antes que a Mitt Romney, su competidor republicano.

“Si no votas por Obama, es como votar en contra. Es así como yo lo veo. Porque Romney no es cualquier candidato: está a favor del muro, de las deportaciones, quiere apelar la acción diferida, quiere vetar el ‘Dream Act’. Sería lo peor de lo peor”.

Cuando el Sol quema a más de 40 grados a la sombra, Martha hace una pequeña pausa en un tradicional carrito mexicano y pide un helado de mamey. Es uno de los placeres cotidianos que la hacen sentir “como en casa”.

“No hay nada como Los Ángeles, por la comunidad, mi familia, mis amigos”, dice la joven, que ya no considera volver a México.

“Sería difícil acostumbrarme otra vez. Primero, la gente te trata diferente. Y las oportunidades no son iguales. Cuando uno piensa en el futuro, en tener una familia, creo que es mejor aquí. Mi hermana seguro que no se regresaría y mi mamá está aquí”.

Recientemente, Martha descubrió Nueva York, donde visitó el museo de los inmigrantes en Ellis Island. “Los inmigrantes venían con las mismas esperanzas que la gente de ahorita. Esto no cambia. Lo que sí ha cambiado es la forma en que se les da la bienvenida”.

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