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Marien Aristy Capitán

SANTO DOMINGO.- Cuando pienso en ella me cuesta hablar. Definirla es casi un imposible. Su bondad, mezclada con su fortaleza y sabiduría, la hacen demasiado especial. También esa facilidad de dar amor, a raudales, a todo el que tiene cerca. Ella todo lo puede.DAMA

Con sus casi 89 años, la yaya (abuela) es el centro de nuestra familia. Todo gira a su alrededor y, aunque ni siquiera se lo proponga, es el punto de partida y de llegada. Cerca de ella todo está bien.

Aunque siempre la tengo presente, hoy la he recordado más que nunca. Tras leer que Milagros Germán entiende que la vejez “humilla y destroza” (se lo dijo a Anabell Alberto en un programa de televisión), no pude más que apenarme. ¡Qué lástima que alguien entienda que cuando la juventud termina todo se ha acabado, cuando resulta ser lo contrario!

Su frase, sin embargo, me hizo entender muchas cosas. Entendí, por ejemplo, esa devoción por el botox, el relleno o sabrá Dios qué cosa que ha convertido su rostro en una mueca de cartón, dejando detrás a esa hermosa mujer que pereció debajo de los afanes por conservar una juventud que ella misma ha abandonado. ¡Nadie con el alma joven, aunque tenga la piel plegada, necesita una cirugía! La juventud nunca se pierde si el espíritu no la abandona. La muestra es la yaya, que conserva el optimismo y la alegría intactos aunque su cuerpo vaya ahora un poco más lento que ayer.

La Diva, a pesar de lo “bien” que se ve, es ya una anciana. Su temor a envejecer le ha dado una de las cosas más terribles que puede dar la vejez: el miedo y la amargura, dos cosas que sólo asaltan a quienes no aceptan el paso de los años y que nos roban lo más importante: la pasión de vivir.

La edad es una actitud mental. Muchas veces, en demasiados momentos, mi abuela ha sido más joven que yo, que “sólo” tengo 41 años. De ella he aprendido muchas cosas, entre ellas que uno vive y ve la vida tal como desea hacerlo. Por eso, precisamente, la vejez sólo humillará a quien crea que le humille. Pero, ¿tiene caso preocuparnos por un sinsentido como la “vejez” cuando la vida es tan corta y se va en un momento? No, ¡es mejor disfrutar de cada arruga y sonreír!

Hoy no puedo más que pensar en lo triste que debe ser pasarse la mayor parte de la vida luchando contra los irrefrenables dejos del tiempo que, en lugar de darle la paz y la plenitud que tiene mi abuela, le dan una existencia que seguramente desprecia. ¡Qué difícil ha de ser levantarse cada día y verse en el espejo! ¿Cómo será vivir y sentirse cada día más humillada y destrozada cuando la edad es, si se tiene suerte de vivir mucho, inevitable?

Milagros se equivoca. La vejez no humilla ni destroza. Es uno el que se humilla cuando quiere ser lo que no es, “manteniéndose” joven a cosa de cirugías o procedimientos cosméticos que sólo te ponen en evidencia y terminar haciéndote ver ridícula y acomplejada. ¡Con lo bien que se ven las mujeres que aceptan su edad y sus cambios y se acomodan a ellos! Mi abuela es el mejor ejemplo: sigue siendo una mujer hermosa, que refleja la gran belleza que lleva dentro.

No sé si Milagros se ha equivocado al elegir la “fórmula de la eterna juventud” pero definitivamente la búsqueda incensante de encontrarla -algo imposible- le ha hecho tanto daño que sin darse cuenta se ha destrozado y se está humillando con tal de no sentirse humillada en un futuro que está cada vez más cercano.

Sus palabras, por otro lado, me hacen pensar en lo que ella siente cuando ve a una “vieja”: ¿la entiende mancillada, herida? Si es así, se equivoca: sólo están rotas las que deciden romperse. Las demás, como la yaya, son felices y aceptan su edad como un regalo que les ha dado la vida. ¿Cuántas personas pueden estar con salud, plenas, a su edad? ¡Sólo las que han sabido vivir y esas son muy pocas!

Milagros debería reconsiderarse y ver la vida de otra manera. Depender de la juventud, del físico, es demasiado triste. ¿Acaso cree que no tendrá nada más que ofrecer en el futuro? Tal vez piense que no. El espectáculo la ha permeado. Ese submundo en el que la belleza lo es todo la ha destrozado. Por eso se ha perdido.

Nuestra sociedad, ese mundo en el que lo etéreo y lo banal priman ante todo, han hecho que en lugar de personas las mujeres quieran ser objetos de admiración por su belleza, elegancia y garbo y no por su talento. ¡Cuánta vanalidad y mediocridad estamos creando! ¡Qué pena que la lucha sea por conservar lo físico y no por aquello que importa!

Estamos demasiado mal. Rendimos tanto culto a la belleza física que obviamos lo verdaderamente bello: ¡lo auténtico, lo real! Qué pena que la gente sea tan pobre que se sienta humillado por no aceptar lo más hermoso que tiene la vida: envejecer con dignidad. ¿Lo peor? Milagros es el ejemplo de muchas otras. Ella, al menos, es sincera y lo dice. Por eso toca darle un aplauso. Ojalá que la madurez la haga entender que está en un gran error.

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