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José Alfredo Espinal

Caribbean Digital

SANTIAGO, República Dominicana.- Penosamente, en este país se producen hechos que asustan y ponen de manifiesto el peligro eminente que representan los presuntos actos de corrupción administrativo y el riesgo que constituye hacer denuncias al respecto.

Víctimas vienen y van, pero los escándalos de acciones dolosas de parte de funcionarios y las muertes que éstos arrastran parecen que son acciones que buscan perpetuarse como resultado de la búsqueda de dinero mal habido.

El suicidio del arquitecto David Rodríguez hace dos años en la Oficina de Ingenieros Supervisores de Obras del Estado (OISOE), destapó la existencia de una red de corrupción que se había enquistado en esta entidad estatal. Un muerto, un escándalo mediático y caso cerrado.

Las muertes de los locutores Leonardo Martínez y Luis Manuel Medina, en febrero pasado, víctimas colaterales de la mafia existente en la venta de terrenos del Consejo Estatal del Azúcar (CEA). Dos fallecidos, un escándalo mediático y caso cerrado.

Recientemente el asesinato del abogado y profesor universitario Yuniol Ramírez, a causa de otro caso de corrupción: esta vez en la Oficina Metropolitana de Servicios de Autobuses (OMSA), deja que pensar cómo se está viviendo en este país. Resultado, un muerto, un escándalo mediático. ¿Caso cerrado?.

Las pérdidas de estas cuatro personas pudieron evitarse, con un pequeño esfuerzo del Gobierno en darle un mayor seguimiento a las denuncias de supuestos hechos de corrupción, independientemente del trasfondo que ha cubierto todas estas trágicas historias.

Lo penoso de todo es que a pesar de que han sido casos que han trascendido la opinión pública nacional, se han quedado en denuncias y querellas que luego se archivan los expedientes dizque por falta de pruebas.

Por lo que se ha visto y lo que se percibe es que habrá que esperar si matan cuatro personas más para que las autoridades actúen con eficacia y responsabilidad social cuando se trate de denuncias serias de corrupción administrativa.

La esperanza, sin embargo, es que aún en la República Dominicana quedan unos cuantos millones de personas más con vida, por lo que pareciera que habría que esperar bastante si esos cuatro muertos resultan pocos para que se decida accionar seriamente.

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