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Este paciente espera que un médico o una enfermera se apiaden de él, proporcionándole algún medicamento que alivie su dolencia. Como este enfermo en el Hospital Cabral y Báez, hay cientos de pacientes abandonado a su suerte. Engel García.

Por Alfonso Torres

SANTIAGO, RD.- Hace siete meses y cuatro días el presidente Danilo Medina visitó de manera sorpresiva el hospital José María Cabral y Báez, centro de salud regional ubicado en el mismo corazón de Santiago, declarado varias veces en estado de coma y cuyas precariedades sobrepasan la ficción de una realidad atronadora.

Esta habitación donde hay cuatro pacientes la puerta principal no se puede cerrar porque esta destrozada.

Esta habitación donde hay cuatro pacientes la puerta principal no se puede cerrar porque esta destrozada.

Danilo Medina prometió ese día una intervención inmediata, había palpado el sufrimiento y el dolor de los cuerpos tirados en camas desvencijadas. Después de hablarles a las cámaras, como si se tratara de un espectáculo prefabricado delatado por su sobreactuación, Medina salió raudo rumbo a la catedral, la que también prometió restaurar y embellecer.

La puerta de este ascensor esta dañada de Hospital Cabral y Báez, que es el hospital principal de la Región del Cibao.

La puerta de este ascensor esta dañada de Hospital Cabral y Báez, que es el hospital principal de la Región del Cibao.

Un mes y diez días después, el 23 de enero de este año, el arzobispo Ramón Benito de la Rosa y Carpio anunciaba la buena nueva de la autorización presidencial para el inicio de la tercera etapa de “embellecimiento” del templo católico, pero el prelado consiguió mucho más con el primer mandatario; también informó que le había aprobado la reconstrucción de la Plaza 30 de Marzo, un estacionamiento soterrado y la remodelación del centro histórico.

Este paciente espera que un médico o una enfermera se apiaden de él, proporcionándole algún medicamento que alivie su dolencia. Como este enfermo en el Hospital Cabral y Báez, hay cientos de pacientes abandonado a su suerte. Engel García.
Este paciente espera que un médico o una enfermera se apiaden de él, proporcionándole algún medicamento que alivie su dolencia. Como este enfermo en el Hospital Cabral y Báez, hay cientos de pacientes abandonado a su suerte. Engel García.

En lo que va de año, el presidente Medina ha retornado varias veces a Santiago pero en esas visitas las prioridades han sido otras, una de las cuales, la avenida Circunvalación Norte, se construye a pasos acelerados. “Este hospital necesita una transformación profunda e inmediata”, exclamó ante las cámaras Medina aquel 13 de diciembre de 2012 cuando todavía no había cumplido cuatro meses en el puesto.

En lo que va de año, el presidente Medina ha retornado varias veces a Santiago pero en esas visitas las prioridades han sido otras, una de las cuales, la avenida Circunvalación Norte, se construye a pasos acelerados.

Desde entonces muchas vidas sucumben a diario en un centro hospitalario donde el aullido de la muerte parece filtrarse junto al agua sucia que cae del techo en varias de sus áreas, incluyendo la sala de cirugía, donde los pacientes agonizan. Estar allí es confundirse entre seres sin nombre ni apellido que acuden con la esperanza más puesta en Dios que en el médico, de mejorar sus dolencias.

Silvano Gerardino Peña es un enfermero que lleva 25 años trabajado en el hospital. En en la actualidad se desempeña como secretario de quejas y conflictos del Sindicato Nacional de Enfermeras (SINATRAE). Al hablar para este medio, Peña describe una realidad no distinta a las veces que lo ha repetido: “Este centro hace mucho que está en estado de emergencia en todas las áreas, aquí se vive una verdadera crisis hospitalaria todos los días del año”.

De manera resumida, cuenta que se trata de una estructura, inaugurada en el año 1979, que ya no aguanta más, siendo lo más peligroso, aparte de la cantidad de grietas y filtraciones, el alto nivel de contaminación en las áreas de internamiento.

La soledad del pobre

Es mediodía. El pabellón este de la quinta planta del hospital Cabral y Báez es un hervidero de estudiantes de Medicina de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra.  Medicina interna, neurología, endocrinología, reumatología son las áreas que allí se estudian según el letrero de la entrada del pabellón. Pero cuando uno se acerca a cualquiera de las habitaciones la estética de la enfermedad parece discurrir abrupta hacia la muerte tornada en risa y entretenimiento, no se sabe si por costumbre o por la antiética profesional.

A pocos metros de la sesión otro estudiante brega los últimos días de un moribundo. Según el nombre escrito en un pedazo de cartón amarillo y mal pegado en la pared, el adulto que yace en la cama se llama Rafael Gómez, está solo y sin dolientes.

Yaribel Tamayo, 17 años, está tendida en una cama y su rostro expresa la angustia de un dolor de riñones que apenas le permite quejarse. Un señor entrado en edad encabeza un grupo de ocho estudiantes amontonados sobre la cama de la paciente. En el exterior del bolsillo de su bata blanca se lee el nombre de Dr. Rodolfo Ortiz; por las identificaciones sus alumnos provienen de la PUCMM. El profesor le inquiere a la madre de la enferma en tono insultante la razón por la cual no ha diligenciado un análisis en el laboratorio del hospital. Ortiz observa con desdén a Yaribel quien pese a su mudez, revela con el lenguaje de su cuerpo la molestia, rabia, impaciencia. La joven no sabe qué tiene, qué le aplican, qué le hacen. El cuadro, como decía Michel Foucault, es el de un biopoder que toma el cuerpo como rehén y que se ejerce bajo la sutileza de un tratamiento médico para salvarle la vida.

A pocos metros de la sesión otro estudiante brega los últimos días de un moribundo. Según el nombre escrito en un pedazo de cartón amarillo y mal pegado en la pared, el adulto que yace en la cama se llama Rafael Gómez, está solo y sin dolientes. El próximo médico especialista en Neurología aprende con él el proceso involutivo de la vida que da la impresión de escaparse por el hueco del tamaño de un puño justo en el lado izquierdo de la frente del enfermo.

La joven Yaribel y el adulto Gómez no son casos excepcionales. Recorrer la sala es aumentar el drama fatal de la enfermedad de la pobreza,  de la hediondez y del desprecio por la vida en un hospital con graves problemas de higiene y limpieza.

Silvano Gerardino Peña dice que el personal está desalentado por los bajos salarios, que  faltan enfermeras y que los equipos de limpieza están dañados.

“Tenemos una crisis permanente en la sala de cirugía porque los aspiradores para limpiar la sangre están dañados, imagínate lo que significa que no se pueda aspirar la sangre”, expresa el enfermero convencido de que el drama rebasa lo que pueden escenificar sus palabras.

A las calamidades del hospital agrega lo que define como deficiencia en la alimentación. “La comida es poca y mala, tanto la de los pacientes como la que se le da a los empleados”, expone al criticar que en medio de esa situación el director Rolando Báez haya prohibido que los familiares le lleven de comer a los internos. En total el centro tiene una capacidad de 640 camas.

Recursos humanos

Los datos recolectados por el Departamento de Estadísticas del Hospital revelan que el Cabral y Báez atiende mensualmente un promedio de 22,000 personas entre consultas y emergencias solo en servicios quirúrgicos. Durante los últimos cinco meses la cantidad de pacientes internos promedia aproximadamente 4,000. Los servicios clínicos de distintas áreas sobrepasan los 6,500 al mes y se realizan en ese periodo más de 10,000 pruebas de laboratorios. El hospital ofrece servicios cada mes a alrededor de 2,000 pacientes de nacionalidad haitiana.

El promedio de pacientes atendidos por una enfermera es de 40, cuando el promedio estandarizado de un servicio medianamente eficiente debe ser de una enfermera por siete pacientes en áreas abiertas y una profesional por tres en áreas cerradas.

Aunque la dirección del centro de salud se reserva los registros de la empleomanía como si fuera el secreto mejor guardado, de acuerdo con las informaciones de los gremios profesionales que tienen vida en el hospital, esos servicios, entre otros, son ofrecidos por un personal compuesto por cerca de 450 médicos entre generales y especialistas, 500 médicos residentes o pasantes y 618 enfermeras.

El promedio de pacientes atendidos por una enfermera es de 40, cuando el promedio estandarizado de un servicio medianamente eficiente debe ser de una enfermera por siete pacientes en áreas abiertas y una profesional por tres en áreas cerradas.

De acuerdo con Silvano Gerardino Peña, el problema más crítico con relación a los recursos humanos es que la mayor parte del personal de enfermería es de contratación nominal, lo que le resta sus derechos laborales. Otro aspecto problemático según sus explicaciones es que muchas de las enfermeras del hospital ya tienen 25 y 30 años y se encuentran esperando su pensión o están enfermas. Internos consultados expresaron que es muy raro ver una enfermera por las noches.

Salarios

En el hospital José María Cabral y Báez los salarios distan mucho de los de otros órganos del Estado, como el Congreso, la Junta Central Electoral o las distintas superintendencias. Según datos de los gremios, el personal de apoyo tiene un salario promedio de 7,500 pesos, una enfermera auxiliar gana entre 12 y 14,000 pesos, mientras que un médico recibe un salario que oscila entre 30 y 35,000 pesos.

El drama del hospital regional universitario José María Cabral y Báez es un intruso, no ya el de las intrusiones de Jacque Luc Nancy, el filósofo francés transplantado del corazón, sino el que ha servido para aumentar la popularidad de un presidente que dependiendo del lugar desde donde se mire puede ser ficción o realidad.

La Ley General de Salud  42-01 y la Ley de Seguridad Social 87-01 obligan al Estado a ofrecer un servicio de salud universal y de calidad. El hospital José María Cabral y Báez constituye no solo un mentís al ordenamiento jurídico en materia de salud pública, sino también un dolor en el mismo corazón de una ciudad que creyó por un momento en la palabra del presidente Medina.

Ante la promesa de Medina, incumplida siete meses y cuatro días después de su aclamada visita al Cabral y Báez, el ministro de Salud Pública, Freddy Hidalgo Núnez, tal vez para reparar el olvido presidencial y no ocasionar fisura en su imagen, ha amagado varias veces con presentarse en el patio del hospital, de seguro con la eficiente batería de periodistas y camarógrafos oficiales, a celebrar el espectáculo del primer picazo para la reconstrucción física del hospital. Nada se ha hablado de la dinámica interna, de la gestión y de los recursos humanos. Varios medios digitales anunciaron la actividad para este miércoles, pero en Relaciones Públicas informaron que sería este jueves con la presencia del primer mandatario.

El drama del hospital regional universitario José María Cabral y Báez es un intruso, no ya el de las intrusiones de Jacque Luc Nancy, el filósofo francés transplantado del corazón, sino el que ha servido para aumentar la popularidad de un presidente que dependiendo del lugar desde donde se mire puede ser ficción o realidad.

Fuente: ElJacaguero.com

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