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Gabriel García Márquez
Leonel Fernández
@leonelfernandez
Santo Domingo.- La primera vez que escuché hablar de él, fue a principios de los años setenta, a través de un amigo de Villa Juana, que había quedado fascinado con la lectura de su novela, Cien Años de Soledad.

Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez

Yo acababa de leer, por aquel entonces,  Los Miserables, de Víctor Hugo, y estaba tan estremecido con el relato y el universo poético construido por el escritor francés, que consideraba cualquier lectura adicional,  algo tan intrascendente como innecesario.

Pero mi amigo me insistió tanto, que hasta me regaló el libro; y de esa manera penetré en el mundo maravilloso, asombroso y fantasmagórico de Gabriel García Márquez, el más universal de los escritores de América Latina de todos los tiempos.

El expresidente presidente Fernández. Archivo.
El expresidente presidente Fernández. Archivo.

Luego cayó en mis manos un texto que contenía un diálogo que el autor colombiano había sostenido con su homólogo peruano, Mario Vargas Llosa, en septiembre de 1967, en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima, Perú, acerca de la novela en América Latina.

En ese trabajo aprendí mucho (por eso todavía lo recomiendo) acerca de los elementos o factores que intervienen en el desarrollo de la imaginación y la capacidad creativa en la realización de la obra literaria.

En el caso de García Márquez, se trataba de la mezcla de experiencias personales, hechos históricos e influencias culturales, que combinados con una vocación irrefrenable para  contar cuentos, fábulas, historias y leyendas, lo acabaron convirtiendo en un excepcional y brillante novelista.

Pero, según relata él mismo, todo empezó de manera muy simple. Empezó en su pueblo natal de Aracataca, que la generalidad de sus lectores tendemos asociar de manera inmediata con Macondo, la aldea que nació de su obra de ficción.

Realismo mágico
En Aracataca, García Márquez vivió los primeros ocho años de su vida bajo el cuidado de sus abuelos maternos, quienes habrían de incidir, de manera notable, en sus futuras incursiones literarias.

Su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, a quien el célebre escritor colombiano describe como su “cordón umbilical con la historia y la realidad”; quien le enseñó la importancia del uso del diccionario y le  mostró por vez primera el hielo, que se encontraba en la tienda de la United Fruit Company, es de alguna manera la sombra del coronel Aureliano Buendía, personaje central en Cien Años de Soledad y otros trabajos previos.

Pero su abuela, Tranquilina Iguarán Cotes, que sirvió de inspiración al personaje de Ursula Iguarán, es señalada por el autor de El Amor en los Tiempos del Cólera, como su más importante influencia literaria.

Y esto así, porque de ella, de quien su nieto llegó a decir que era “una mujer imaginativa y supersticiosa que llenaba la casa con historias de fantasmas, premoniciones, augurios y signos”, aprendió a tratar lo inusual, lo fantástico o improbable, como algo perfectamente natural.

De manera que la integración de Gabriel García Márquez como parte de la corriente literaria conocida como realismo mágico, de la cual forman parte, además, autores como el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura; el mexicano Juan Rulfo y el cubano Alejo Carpentier, surgió, en principio, como él mismo lo ha reconocido, de sus experiencias familiares.

Pero, naturalmente, el realismo mágico, que esencialmente consiste en el empleo de una técnica, un estilo y el uso de unos planos temporales y espaciales, a través de los cuales los elementos irreales, fantásticos y mágicos, se convierten en hechos comunes, creíbles y ordinarios, requieren, de parte del aspirante a narrador o novelista, de ciertos estudios y lecturas, que constituyen lo que bien podrían denominarse, sus influencias culturales.

En el caso de García Márquez, lo que llama la atención es que no realizó ese aprendizaje en una universidad u otro centro de altos estudios. De hecho, lo que había empezado a estudiar fue Derecho, en la Universidad Nacional de Colombia, que abandonaría por mitad de la carrera para dedicarse al periodismo.

Por tanto, su proceso de instrucción siguió caminos menos ortodoxos. Ocurrió, en verdad, en su contacto con un grupo de amigos periodistas, escritores e intelectuales de Barranquilla, Colombia, que a través de intercambios, diálogos y lecturas compartidas, le dieron a conocer las obras de quienes él llegaría a considerar sus maestros: Ernest Hemingway, James Joyce, William Faulkner, Franz Kafka y Virginia Woolf, entre otros.

Años más tarde, encontrándose en Caracas, Venezuela, asistió a unos cursos que nuestro Juan Bosch dictaba  acerca de un tema en el cual adquirió gran reconocimiento y prestigio: el del arte y la técnica de escribir cuentos.

La asistencia de García Márquez a ese curso impartido por Bosch, permitió desarrollar entre ambos una estrecha amistad, que se manifestó con el envío de los originales del manuscrito de Cien Años de Soledad, cuando el maestro dominicano vivía en Benidorm, España; sus múltiples encuentros en cónclaves internacionales y la presencia del laureado escritor colombiano en la celebración del 70 aniversario del natalicio del autor de La Mañosa.

En esa ocasión, por cierto, tuve la fortuna de contemplar a García Márquez en la distancia, como otros tantos dominicanos, en el Club Mauricio Báez, junto al poeta cubano Nicolás Guillén, el filósofo francés Régis Debray y el sociólogo puertorriqueño, Manuel Maldonado Dennis, en lo que se recuerda como tal vez el mayor festejo intelectual en la historia cultural de la República Dominicana.

Aquella fiesta del intelecto, realizada en nuestro país, en 1979, parecía tan irrealizable, que también podría ser considerada como parte del realismo mágico latinoamericano, donde a veces, afortunadamente, lo más inverosímil se convierte en realidad.

Subversivo y revolucionario
En el referido diálogo con Vargas Llosa, en la Universidad Nacional de Ingeniería, García Márquez llegó a considerar que todo escritor comprometido por naturaleza resulta subversivo o sedicioso.

Ese criterio lo aborda a partir del hecho de que todo escritor o novelista es, de entrada, un inconforme con la realidad. Es alguien que está en conflicto con la sociedad, que no se siente satisfecho con el orden social imperante, y por consiguiente, necesita transformarlo, modificarlo, reconstruirlo mediante la creación de su propio universo.

Fue eso precisamente lo que hizo el laureado autor colombiano con la invención de ese cosmos original  que fue la aldea de Macondo, y el haberle insuflado vida a siete generaciones de personajes inolvidables, entre los que figuran el coronel Aureliano Buendía, Úrsula Iguarán, Remedios la bella y Mauricio Babilonia, entre otros.

Pero es a eso que Vargas Llosa llama también, en su magnífico trabajo para el doctorado en filología, en la Universidad Complutense de Madrid, titulado, García Márquez, Historia de un Deicidio, el acto de matar a Dios.

Y es que como consecuencia de su inconformidad con el mundo real, que lo conducen a crear sus propias historias, sus propios personajes, sus propios hechos y sus propias tramas, lo que realiza el novelista, en su calidad de progenitor, es precisamente un deicidio, esto es, un acto homicida contra Dios, el Supremo Creador.

Pero García Márquez no fue sólo un subversivo y un sedicioso en el arte creativo, en la literatura o en el cine, del que también fue un gran realizador, sino que fue un revolucionario progresista consistente en el mundo real de la política, la historia, la ideología, la estética, la economía, la cultura y la sociedad, en general.

Su causa fue la de los oprimidos y los pobres. Acudió con su pluma y su garganta en auxilio de los de abajo. Asumió, de manera invariable, desde el primer día, la defensa de la Revolución cubana; la lucha del pueblo chileno contra la dictadura de Pinochet; la defensa de la soberanía del canal de Panamá; y el derecho a existir de la Revolución sandinista.

Elevó su voz en contra de la Guerra de Vietnam. Levantó sus banderas de lucha contra las dictaduras prevalecientes en América Latina. Se expresó en contra de la violencia en su país, Colombia, y en otras partes del mundo; y por todos esos motivos fue llamado a presidir el Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América. En 1982, a los 55 años, recibió el Premio Nobel de Literatura. Ahora, en estos días, se ha quedado inmóvil y sin aliento. Se ha  despedido de nosotros, para como en los tiempos de Macondo, levitar su ascendencia al cielo, donde le corresponde estar, de manera imperecedera, por los siglos de los siglos, por ser un Gigante de América.

Este artículo fue publicado este lunes 21 de abril de 2014, en el periódico Listín Diario. Caribbean Digital lo reproduce con autorización de la oficina de prensa del Expresidente de la República, Leonel Fernández.

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