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Luis Rojas
José Luis Rojas. Archivo.

POR JOSE LUIS ROJAS
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Especial/Caribbean Digital

 

 
SANTO DOMINGO./Planificar, ejecutar y controlar estrategias y acciones tácticas, que permitan crear percepciones colectivas sostenibles y positivas, a partir de las decisiones, la comunicación y la conducta de las organizaciones, las marcas y las personas, se ha convertido en tema estratégico de las relaciones públicas modernas.

José Luis Rojas. Archivo.

Desde el contexto de las relaciones públicas, siempre se ha insistido en que la mejor imagen pública, es la que se construye a partir de lo que en realidad es la organización, la marca o la persona. En este sentido, es de suponerse que la imagen, en cualquiera de sus dimensiones, es un reflejo de la identidad. Es una meta fallida tratar de ocultar bajo máscaras los efectos derivados de las malas decisiones y actuaciones.

Se ha comprobado que las organizaciones gestionadas por líderes auténticos, humanistas y emocionalmente sanos, son las que más empatía y percepciones positivas generan entre sus grupos de interés. Cuando la autenticidad y la sinceridad son asumidas y aplicadas como componente de la cultura organizacional, es casi seguro que no habrá necesidad de encerrar entre máscaras la verdadera cara de la organización.

Las organizaciones y personas que viven ocultando su cara, carecen de identidad, autenticidad y sinceridad. Para ellas, la vida es un carnaval, que les permite disfrazarse de los más verosímiles y perversos personajes. Por ejemplo, dependiendo de la circunstancia y lugar, se ponen la máscara de humildad, honestidad, de patriotismo, de amistad sinceridad, de transparencia, de lealtad, de defensoras de los derechos de los trabajadores, y hasta se disfrazan de fieles seguidoras de la obra y pensamiento del gran Jesucristo.

Por más que se pretenda ignorar, lo cierto es que existen organizaciones, marcas y personas que han decidido mostrarse y proyectarse diferentes a como en realidad son, lo cual constituye una negación de su identidad y una manipulación sutil a las percepciones de sus grupos de interés. Es decir, su imagen pública se sustenta más en el parecer que en el ser. Esta realidad terminará afectará la reputación y la credibilidad.

Hoy, las organizaciones, las marcas y las personas que pretenden ser valoradas y respetadas por la opinión pública, tendrán que además de parecer serias, tienen que serlo y evidenciarlo. Esto así, porque en el presente siglo, caracterizado por la tecnología al servicio de la información y la comunicación, ocultar la cara entre máscaras, es casi una misión imposible.

En definitiva, la imagen ganadora y sostenible es la que nunca necesitará ocultarse entre máscaras, ya que lo lógico y natural es que cada vez que las organizaciones y las personas, tengan que comunicarse o relacionarse con sus audiencias, lo hagan mostrando su verdadera cara. Siempre ha sido riesgoso para cualquier tipo de reputación pública, ocultar entre máscaras la realidad.

 

 

NOTA: Este articulo fue publicado el 17 de diciembre, en mi columna semanal: “El valor de la imagen”, del periódico Hoy.

Caribbean Digital lo reproduce con autorización de su autor.

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