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Cuando nuestro espíritu no está templado con el Espíritu de Dios, nuestra alma es como corcho que va con las corrientes mutantes de este mundo, sobreviviendo las altas mareas de la indecisión y los fuertes vientos de los conflictos. Llanera solitaria de batallas y arrebatos que lastiman su suerte.

Entonces reconocemos el valor sustancial que nos ofrece la palabra de Dios, ella es la firme ancla del alma; sólo en la firmeza de su consejo somos librados de aceptar las directrices de los desesperados, sumarle puntos a los sectores aupados por intereses egoístas y ser un eco irritante de quienes sin rubor vaticinan guerras y esparcen rumores de conflictos y debates estériles. El amor es el centro de gravedad de la paz, ¡bienaventurados los pacificadores!

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