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Marien Aristy Capitán

Por: Marien Aristy Capitán

Emely Peguero solo tenía 16 años. Apenas comenzaba a vivir pero, a pesar de ello, tenía cinco meses de embarazo. Su novio, al parecer, no quería al bebé y apostó por la salida más cruenta: acabar con ella, como si la muerte fuera la mejor solución, y con su propio hijo.
Cada detalle de este caso es escabroso. Ayer, por ejemplo, las autoridades buscaban el cuerpo de Emely en el vertedero de San Francisco de Macorís porque su alegado asesino, Marlon Martínez, habría confesado que lo tiró ahí, cual si fuera un trozo de basura. El cuerpo, sin embargo, aún no ha aparecido.
A una semana de la desaparición de Emely son muchas las preguntas que surgen al respecto. Choca la relación que sostenía con su novio desde los 12 años, que estuviera embarazada con solo 16 y que su padre afirme que Marlon la asesinó porque una niña pobre no podía parirle a un hijo de un hombre rico.
¡Cuánto nos falta por avanzar! ¡Una chica de 16 años no debería parirle a un hijo de un hombre rico pero tampoco al de uno pobre: le corresponde estudiar, hacer cosas propias de su edad, no jugar a ser mamá. ¿Cuándo nos daremos cuenta que urge diseñar políticas de Estado para evitar los embarazos adolescentes?
El caso de Emely nos grita también lo vulnerables que somos las mujeres y lo fácil que resulta para muchos hombres quitarnos del camino. La violencia nos circunda y, unida al machismo, es un arma letal. ¡Qué injusto es el destino de las dominicanas: su camino se puede tronchar, aunque sea absurdo, desde que comienzan a dar los primeros pasos!

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