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José Luis Rojas

J. Luis Rojas

En la actualidad, las empresas e instituciones interesadas en crear y mantener notoriedad positiva, generar vínculos sostenibles y proyectar una imagen pública sin ruido, tendrán que ser coherentes y consistentes en lo que piensan, hacen y dicen en cada lugar, momento y circunstancia. Las audiencias de hoy no creen en las organizaciones que exhiben incoherencia entre su ser y parecer. Lo estratégico es decidir, actuar y hablar apelando más a la verdad y a la realidad objetiva de los hechos, y menos a las emociones e intereses individuales malsanos.

En el presente siglo, en el que todo se sabe y se dice, gracias al auge del Internet y las redes sociales, no es buena idea valerse del poder persuasivo y emocional que caracteriza a la comunicación mediática para difundir mensajes y argumentos, con el propósito deliberado de lograr que lo que aparenta ser verdad resulte más importante que lo verdadero en sí. Se ha demostrado que las empresas, instituciones, marcas y personas que emplean la comunicación masiva como medio para mentir, distorsionar la realidad y ocultar la verdad, más temprano que tarde, su reputación, su confianza y su imagen pública pierden credibilidad.
El objetivo estratégico de la gestión ética, profesional y responsable de la comunicación, tanto dentro como fuera de las empresas e instituciones, no es el de producir y diseminar mensajes, empleando para ello canales y emisores sin credibilidad social y en conflicto con las leyes, buscando persuadir y manipular las percepciones y opiniones de un segmento importante de receptores o audiencia, cuyas reacciones son más de carácter emocionales que racionales. La comunicación responsable cuida la calidad del mensaje y la reputación del emisor y del medio. Hoy no es tarea fácil desviar la atención de las audiencias cuando éstas se enfocan y empoderan de temas que afectan o benefician sus intereses.

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