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Después del ataque EEUU cambió radicalmente. Archivo.

Caribbean Digital

Fuente: Acento.com.do

Escrito por José Ernesto Devárez hijo/Especial para Acento.com.do

Los efectos del peor ataque terrorista en la historia norteamericana siguen siendo palpables una década después. El denominador común del 9/11 visto a través de la opinión publica es fácil de identificar: el día que lo cambio todo.

Después del ataque EEUU cambió radicalmente. Archivo.

Los ataques provocaron cambios radicales en la forma de vida de la ciudadanía norteamericana.

En cuestión de horas, la ingenuidad  del ciudadano de sentirse seguro en su propio espacio terminó siendo una cuestión del pasado.

La población norteamericana perdió el privilegio de tratar el terrorismo con los “guantes puestos” y desde lejos.

Esta vez les tocó vivirlo de cerca, perturbando el seno mismo de sus símbolos como potencia mundial.

El hecho de que dichos ataques ocurrieran dentro de la Unión Americana forzó una mutación compleja en esta nación y por qué no, en el mundo, dividiendo nuestra historia entre la época pre y post 9/11.

Entender el significado del 11 de Septiembre en el marco de su décimo aniversario implica diferenciar los cambios provocados por dichos ataques entre nodales y transitorios.

A lo largo de esta década, un número significativo de personas mantienen frescas las imágenes de aquel fatídico día. El golpe en la psique social está aun latente, y así lo demuestra una encuesta de la Prensa Asociada (AP) donde indica que un 56 por ciento de los norteamericanos estiman que el 11 de Septiembre tuvo un impacto significativo en su forma de vida.

Pero tal vez lo que más nos cueste aceptar es que en esta época post 9/11 tenemos que aprender a coexistir con la amenaza terrorista constante. Es difícil, tras 10 años, entender que la muerte de Osama Bin Laden no significó el cierre de este capítulo

Palabras como rebeldía, patriotismo, orgullo, coraje e impotencia son descriptivas de los sentimientos que copan a más de la mitad de la ciudadanía al recordar los ataques ocurridos hace 10 años.

A decir verdad, este golpe social ha tenido sus efectos en el día a día, especialmente porque la cotidianidad ha sido perturbada. Y afirmo esto pues no puede ser normal que nos hallamos adaptado a transitar por las grandes urbes viendo como normal el patrullaje de uniformados con armamentos de combate. Aun así, el ciudadano “camina” y el dolor lo lleva por dentro.

La cotidianidad no se ha visto afectada sólo por el golpe psicológico, también las nuevas medidas de seguridad han transformado la manera en que todos transitamos y vivimos desde, dentro y para la Unión Americana.

Nuevos requerimientos de chequeo en las terminales aéreas, oficiales federales y agentes policiales armados hasta los dientes, cámaras de seguridad en cada esquina y un nuevo aparato de inteligencia son muestras de cambios que llegaron para quedarse.

Medidas como la creación del Director Nacional de Inteligencia (DNI por sus siglas en inglés) y del Departamento de Seguridad Nacional (DHS por sus siglas en inglés) fueron consecuencias directas de los ataques, esto buscando dar respuesta a los errores de inteligencia y la falta de interoperabilidad que permitieron que dichos ataques se llevaran a cabo.

Y aunque es imposible negar  los importantes avances conseguidos por el nuevo andamiaje de seguridad, expertos en la materia no dudan en asegurar que tanto DHS como el DNI no han realizado a cabalidad la labor por la cual fueron creadas. Esto es preocupante, pues esta disfuncionalidad institucional y la burocracia desmedida pueden llegar a poner en peligro la seguridad de la ciudadanía.

Además de las nuevas medidas de seguridad,  la promulgación de la controversial ley Patriótica (U.S.A. Patriot Act), ha generado disgustos que se han ido multiplicando dentro de círculos locales por las flagrantes violaciones a los derechos civiles contenida en dicha ley.

En específico, la ley patriótica fue utilizada para interceptar, en franca violación de la Constitución, llamadas telefónicas realizadas por ciudadanos norteamericanos. Este hecho ha servido de aliciente para numerosas protestas civiles en contra de la ley y su aplicación. Las fisuras sociales han salido constantemente a la luz, pues mientras estos grupos consideran muchas de las medidas adoptadas como una violación a la privacidad, otros entienden como necesario el uso de dichas medidas como resultado de la época post 9/11.

Asimismo, las fisuras sociales internas durante esta década no han sido solamente el resultado de alegadas violaciones a los derechos civiles, sino que han devenido a través del tema étnico-religioso.

La comunidad musulmana ha sido en gran medida estigmatizada por sectores de la población civil. Para muchos ser musulmán es sinónimo de terrorista, definitivamente una aberración y una posición propia de la ignorancia.

A su vez, el Islam ha sido blanco de ataques, siendo catalogada como una religión que incita a la violencia y la radicalización. Dicha posición, por demás equivocada, ha provocado una desinformación en cuanto al dogma del Islam.

Estos prejuicios no sólo han afectado a la sociedad norteamericana, sino que han alcanzado con cierta facilidad a algunos sectores en el plano internacional.

Y aunque hoy en día tengamos legados del 9/11, otros elementos ya son cosas del pasado.

La crisis económica, el desempleo y las pugnas políticas han hecho algo del olvido, los primeros años en que se pregonaba unidad como nación. La gente en muchos casos vive mas alejada, ajena a lo que pasa a su alrededor, inmersa en sus propias realidades como individuo y lejos de pensar como comunidad.

Dos guerras (Iraq y Afganistán) que formaron parte de la estrategia contra el terrorismo y contaban con el apoyo mayoritario de la población norteamericana, han terminado siendo altamente criticadas y finalmente han perdido el apoyo incondicional del que gozaban (y ni hablar de su costo de unos $1.3 trillones de dólares).

A medida en que comenzaron a hacerse públicos medidas como el ahogamiento simulado (waterboarding), los arrestos indiscriminados en Guantánamo y los programas de rendición (Rendition Program), el sostén social y mediático fueron cediendo a sentimientos de cinismo y reclamos por dichas violaciones.

Hoy, una década ha transcurrido desde los ataques terroristas. La tristeza y el temor aun fluyen entre las venas de aquellos que fueron inevitablemente afectados. Cualquier sonido estruendoso, movimiento policial inusual, y hasta sismos dan rápidamente pie a preocupaciones de que algún nuevo acto terrorista ha acontecido. Todos han continuado con sus vidas, pero la paranoia provocada por aquel cobarde y vil ataque los ha marcado para siempre. Se vive en alerta; se duerme con un ojo abierto y otro cerrado.

Sin lugar a dudas, el 9/11 seguirá siendo recordado por todos como el día que lo cambio todo. La gente recuerda con una facilidad sorprendente el lugar donde se encontraban y que hacían cuando los ataques ocurrieron.

Sólo este hecho convierte al 9/11 en parte misma de nuestra historia personal; lo hace un elemento inamovible en nuestro ejercicio de recordar y subrayar momentos significativos en nuestras vidas.

Pero tal vez lo que más nos cueste aceptar es que en esta época post 9/11 tenemos que aprender a coexistir con la amenaza terrorista constante. Es difícil, tras 10 años, entender que la muerte de Osama Bin Laden no significó el cierre de este capítulo.

El 9/11, al cambiar el rumbo de la historia, cambio la cara de la humanidad.

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