Compartir
Alejandro Almánzar.

Desde Mi Ventana Óptica.

Por Alejandro Almánzar

Especial/Caribbean Digital

NUEVA YORK./Posiblemente, para muchos, el negocio de las armas haya sido la salvación, pero lo cierto es, que la sociedad de esta práctica sólo ha cosechado incertidumbre e inseguridad. Producto de la proliferación de armas de fuego, nuestra gente se ha vuelto irracional, indolente, incapaz de enfrentar el menor conflicto por la vía civilizada.

Alejandro Almánzar.

Hasta hace poco, fuimos una sola familia, pendientes de los males de nuestros vecinos, prestos a cuidar de los suyos, pero hoy, eso es historia, ya no nos conocemos, y eliminar a un ser humano por cualquier simpleza, resulta igual que matar a un pollo.

El negocio de las armas nos ha convertido en una selva, donde el jefe de la manada impone la ley por la fuerza. Aunque en los últimos días la violencia ha bajado a su mínima expresión, las armas de fuego siguen llevando luto y dolor a las familias dominicanas, trastornando la paz de todos.

Y no tiene que ver con la condición o posición social de los individuos, a diario los hogares son impactados con el desgarramiento familiar, hechos de sangre por cosas insignificantes, como el ocurrido en el exclusivo sector capitalino, Piantini.

Nuestras mujeres son asesinadas por novios, maridos, amantes o ex esposos, sin reparar en la suerte que corren los procreados. Lo mismo da acribillarlas delante de los hijos, sumiéndolos en traumas que no hay psicólogo que los borre.

Es momento de que quienes tienen la facultad y encomienda constitucional de cuidar la familia, tomen en serio el problema de las armas, y si es que dicho negocio es tan lucrativo para el Estado, que por lo menos, se creen normas mas estrictas para su porte y tenencia.

En Estados Unidos las venden de todos los calibres, a cualquier ciudadano, pero las reglas están bien claras para poseerlas, y cualquier descerebrado tiene que pensarlo muy bien para exhibirla en público o halar el gatillo para agredir a alguien.

Todos estos hechos podrían evitarse, cuando las autoridades interpongan por encima de los intereses particulares, el interés general, y saquen las armas de fuego del poder de los civiles. En un país donde todos tenemos que portar armas de fuego, es una selva donde no existe un orden legal.

Agréguele a eso, que hacemos frontera con Haití, un Estado carente de control en todos los sentidos, que al disolverse su ejército, muchas de esas armas terminaron en el territorio dominicano vendidas por nacionales de aquel país, yendo a parar  a manos criminales.

Hay que ser indiferente al dolor ajeno, para no encarar con seriedad el negocio de las armas de fuego, que han provocado tantas tragedias a la nación. El país no cuenta con regulaciones para el uso de armas, cualquier enajenado mental o desaprensivo las exhibe en lugares públicos, como si se tratara de una joya cualquiera, sembrando terror y el dolor en los hogares.

[email protected]

No hay comentarios

Deja un comentario...