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Katherine Berkery era una aspirante a modelo de 24 años cuando Tom Jones –entonces con 47– la sumó a su lista de amantes casi anónimas con las que le gustaba demostrar que la voz no era su único don. Fueron un par de noches que ella recordaría siempre, y un par de horas las que él tardó en olvidarla. Semanas después, ella intentó ponerse en contacto con el cantante para hacerle saber que estaba embarazada. Solo pudo hablar con uno de sus ayudantes, que zanjó el asunto: “Nena, así es el mundo del espectáculo. Haz lo que tengas que hacer”. De modo que Jonathan nació sin padre, aunque siempre supo de su existencia, y creció con la esperanza de que algún día se arrepentiría del abandono. Pero con los años se amargó y acabó siendo un adolescente problemático.

Un reportero del ‘Daily Mail’ le encontró hace cuatro meses trabajando en un restaurante de comida rápida cerca de Nueva York, donde el olor a fritanga ahogaba su ambición de convertirse en guitarrista y cantante. Había pasado por algunas bandas de aficionados y por trabajos eventuales que no le daban ni para poner un techo sobre su cabeza. Vivió una larga temporada en su coche. Cayó en la adicción, fue detenido por tráfico de drogas y entró en un centro de rehabilitación. Cuando habló con el periodista, estaba decidido a dar un giro a su vida.

El empleo en el restaurante había sido un primer paso que le permitió pagarse un apartamento. El siguiente sería lograr que su padre lo aceptara. Pensó que el mejor modo de llegar hasta él sería contactar con su hermano Mark (60), el único hijo que Jones tuvo con Melinda. Se hizo con el email de Mark, quien es también el representante del artista, y escribió: “No quiero pasar toda mi vida lamentando no haber intentado hablar con vosotros y me encantaría escuchar su versión [de su padre] sobre lo que pasó o tener una conversación con él. Vivo en Nueva Jersey, trabajo duro y todavía tengo una relación muy estrecha con mi madre. También compongo usando el nombre de Jon Jones y creo que ambos disfrutaríais de mi música. No quiero ayuda con mi carrera. Solo conocer a mi padre antes de que sea demasiado tarde”.

No pierde la esperanza

La respuesta fue un silencio que sonó a desprecio. El mismo que mostró Tom Jones durante los años que negó haber tenido nada que ver con esa modelo sin futuro que pretendía aprovecharse de su fama al plantear una demanda de paternidad contra él. En 2008, las pruebas de ADN llevaron a un juez a declarar que era su hijo y ordenó al artista que pagara a Berkery unos 400.000 euros en compensación por los gastos de manutención que debería haber asumido. Jones decidió que ese cheque serviría para enterrar de una vez por todas un error que consideraba trivial: “No quise que aquello sucediera. Si lo hubiera planeado, hubiera hecho algo más que ayudarles económicamente. Fui débil y me dejé llevar en un juego de seducción”.

Hace unos días, el reportero del ‘Daily Mail’ volvía a encontrarse con Jonathan para descubrir que estaba tocando fondo. Le habían echado del restaurante y no había podido seguir pagando el alquiler del apartamento. Durmió en bancos y jardines hasta que el invierno le llevó a buscar refugio en un albergue para indigentes, donde pasa las noches sobre una esterilla. Todas sus posesiones las trasportaba en una bolsa de plástico. “Sigo fantaseando con poder mirar a los ojos a mi padre y que me escuche cantar”, confesó. Tal vez podrían ofrecerle una oportunidad en la versión británica de La Voz, donde Tom asume la figura de padre y mentor solícito de jóvenes artistas desconocidos.

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