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Eugenio Taveras.

Eugenio Taveras

Especial/Caribbean Digital

SANTIAGO, República Dominicana.– “Hasta la belleza cansa”, nos recuerda un viejo refrán, utilizado, incluso, en una canción de un artista reconocido, y Egipto es un ejemplo palpable de que cuando un pueblo se revoltea, por las consuetudinarias engañifas, no hay fuego de artillería que lo detenga, porque, muchas veces, es mejor sucumbir en el intento que sentirse masoquista.

Eugenio Taveras.

La República Dominicana está separada de Egipto por una distancia prudente y por lo de aldea global se encuentra al doblar de la esquina, tiene una población de algo más de 81 millones de habitantes, con solo quince millones en la ciudad de El Cairo, su gobernación principal, de las 28 con que cuenta el país; además, con una extensión superficial de un millón y más de kilómetros cuadrados.

El pedazo de tierra en que me tocó nacer y, someramente, desarrollarme, apenas tiene 10 millones de habitantes y 48 mil kilómetros cuadrados, no tenemos dictadura desde 1961, pero nos han gobernado de forma tan desordenada por más de quinientos años, que ha habido motivos más que suficientes para que se arme más de un berrinche, por lo menos, en los últimos cuarenta y cuatro años de historia republicana “entre comillas”.

Sin embargo, el run run que se escucha en la calle, insistentemente, hasta en boca de los perros, nos tiene sobre aviso de que la situación de este pueblo puede explotar en cualquier momento aunque a los hombres y mujeres les hayan extirpado los testículos y ovarios que otrora supieron tener para defender la nación cuando el interés general corrían peligro.

Las burlonas autoridades actuales, con el séquito de les hace juego, que tomen un respiro en su andar desmedido en desmedro de una población carente de conciencia, pero que está hasta la coronilla de observar cómo todos los gobiernos de los últimos 44 años han vilipendiado los recursos, repartiéndolos en partes muy desiguales, donde un reducido grupo lo tiene todo, mientras la gran mayoría observa impávida la actuación deshonrosa de sus gobernantes.

La apariencia de los habitantes de este jodido pueblo indica que duerme un sueño eterno y su comportamiento da la impresión de que la sangre que debe correr por las venas fue sustituida por un líquido tranquilizador que lo tiene arrinconado, viendo solícito, desde las comadrejas como cargan el botín que le pertenece, y esa viene a ser la parte que da miedo, porque Juan Rulfo escribió:  El llano en llamas.

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