Rafael A. Escotto

Por: Rafael A. Escotto

El triunfo del Partido Demócrata tras las elecciones de medio término no solo muestra un mapa político ampliamente dividido, al mismo tiempo los resultados en la Cámara de Representantes crea un ambiente de nerviosismo razonable dentro del ala del Partido Republicano que respalda al presidente Donald Trump. Digo esto, porque hay una parte importante del republicanismo estadounidense que rechaza que lo vinculen con la petulancia exagerada de este gobernante.

El espíritu segregacionista y provocador que se observaba en la Casa Blanca antes de las elecciones de medio término, a partir de conocidos  los resultados electorales, esa postura de fragmentación social y de odio racial tan vehemente podría sufrir un cambio positivo. Ciertamente, nunca veremos un abandono concluyente de parte de un gobernante obstinado en crear discordia entre la familia norteamericana.

El presidente Donald Trump ha tratado desde su ascenso al poder de convertir el racismo, las inmigraciones y la xenofobia en una política oficial, aunque este proceder en la sociedad estadounidense data desde la firma de la Declaración de Independencia en 1776 en la cual el país proclamó la separación formal del imperio británico.

Cuando el presidente Trump le habló a la nación sobre la abolición del derecho a la ciudadanía a todos los que nacen en Estados Unidos, parecería si el mandatario quisiera volver a la primera Ley de Naturalización que establecía la ciudadanía estadounidense solo para las «personas blancas libres«, la cual fue ratificada por la Corte Suprema en 1857.

Esta actitud patriotera ocurrió con los negros durante la esclavitud en los siglos XVIII y XIX  y uno deduciría si el presidente Trump quisiera llevar a los Estados Unidos del siglo XXI a la esclavitud practicada por el imperio británico. Esta absurda aspiración provocaría que el país retome la lucha abolicionista. Eso no podría ser posible. Quien plantee esta clase de retroceso racial irracional sufre algún tipo de trastorno.

Estas elecciones de medio término forzarían que se haga un replanteo prudente de la política migratoria. Pienso que de manera inmediata no vamos a ver un juicio político contra Trump pero el Partido Demócrata de los Estados Unidos debe provocar un golpe político contundente al apartheid que trata de implantar el presidente Trump.

En cuanto a los ataques de Trump en contra de los inmigrantes ese comportamiento está plagado de mitos, de imprecisiones y de malas intenciones tratando de presentar una imagen incierta como seria insinuar malvadamente que la inmigración amenaza con salirse de control y que se necesita tomar medidas drásticas.

Los Estados Unidos no deben regresar a épocas felizmente superadas. Abstraerse de otros hechos que están sucediendo en la sociedad norteamericana alejados del supuesto de la inmigración seria adoptar la pose del avestruz, mientras otras potencias económicas emergentes están conquistando mercados que se suponía estaba controlado por los Estados Unidos.

Frente a esta involución política y económica en la que está sumergido el país se afectan otras fuerzas de mayor peso en el mundo de las potencias armadas. Por eso veo con preocupación la política exterior e interior de los Estados Unidos bajo esta administración.

Mientras el país, (Estados Unidos), por una cuestión de capricho político de un segregacionismo irreflexivo y fuera de época debilita la cohesión interna entre la familia estadounidense, afuera sus fuerzas imperiales se diluyen.

Al Partido Demócrata se le ha presentado una oportunidad política magnifica. Sus inteligencias deben reenfocar la política desde la Cámara de Representantes y, al mismo tiempo, bajar a la sociedad con un discurso que recupere la unidad de la familia estadounidense la cual se ha deteriorado peligrosamente en pocos años.

En la medida que se refuerza la unidad dentro de la casa, los Estados Unidos debe volver a la iniciativa política del buen vecino enarbolada en el marco de la VII Conferencia Panamericano de 1933 por el presidente Franklin D. Roosevelt, en sus relaciones con América Latina. En esta zona hay un resabio justificable contra la política norteamericana.

América Latina ha sido prácticamente abandonada por los Estados Unidos y, además, en vez de conciliar las pequeñas discrepancia fruto de las ideologías, ha primado en Washington la terquedad y ese empecinamiento ha causado cierta rigidez política en la región, muchas veces innecesarias.

Las consecuencias para los Estados Unidos traída por la guerra en los países árabes, como Siria, Iraq, Yemen, entre otros, ha hecho que Washington vuelva a mirar con interés hacia América Latina.

Finalmente, tenemos que aceptar que amurallando las fronteras no conduce  a menos inmigración. Antes de arremeter o tomar como excusa política la migración debe conocerse la naturaleza, las causas y la consecuencia del proceso inmigratorio.

Creo que después de los resultados finales de estas elecciones a favor del Partido Demócrata, que dicho sea de paso, tendrán una consecuencia negativa en las presidenciales para una reelección del presidente Donald Trump, va a ver una distensión de las tensiones en el país y a nivel internacional.  El discurso confrontacional de Trump no ha sido efectivo puesto a que ha acelerado la incertidumbre y, además, los Estados Unidos ha perdido mercados importantes.

Debido a esto último, lo aconsejable seria reorientar la política exterior y, a la vez, trabajar desde dentro los disgustos que hayan podido surgir como resultado de actitudes que en vez de unir a los estadounidense han distanciado la familia.

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