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Todavía triste por el adiós a todo un maestro en esto de gestionar hijos y familia, Carlos Capdevila, me llama la atención la tensión que viven, como vivíamos nosotros, los adolescentes preuniversitarios de nuestro país. Una tensión a la que se ven sometidos por lo que se juegan en unas pocas horas y que determina gran parte de su futuro. Si ya es complicado ser adolescente hoy –porque lo es–, enfrentarse a la decisión de qué camino académico y por ende profesional van a tomar, a la corta edad de 17-18 años, me parece toda una gesta.

La decisión casi más importante, que tiene que ver con aquello que te va a ocupar el 50 por cien de tu vida, la debes tomar a una edad que casi no sabes de qué va esto de vivir. ¿No os parece curioso? Creo que algo no estamos haciendo bien. Es cierto que yo, como muchos de vosotros, hace 30 años tuve más o menos clara mi idea de a lo que me quería dedicar, pero también es cierto que pienso, y creo no equivocarme, que los 17 de ahora no solo los 17 de entonces. Para empezar, nuestros adolescentes de hoy son una generación que ha crecido y tomado conciencia de su existencia a través de una sociedad que intenta sacar la cabeza en un momento de crisis. Eso hace que las prioridades de la mayoría de ellos estén regidas por decidirse por una carrera que pueda darles una solución efectiva a corto plazo y que olviden o directamente descarten su verdadera vocación.

La decisión casi más importante la debes tomar a una edad que casi no sabes de qué va esto de vivir”

Y ojo con esto, que una vocación no tiene por qué siempre llevar a la profesión perfecta. Pero sí es verdad que para que una ocupación profesional sea satisfactoria, uno debe sentirse que hace bien su trabajo y sobre todo que es al menos mínimamente feliz. Además, entonces se decidía casi por inercia y a uno le daba tiempo de ir pensando cómo afrontar los asuntos importantes, y se disfrutaba en el camino sin tanta competitividad.

Había también, como existen hoy, los que tenían claro a lo que dedicarse. Pero sabíamos perfectamente que podíamos estudiar una Filología, Bellas Artes o Magisterio –por decir algo– y terminar en algo totalmente distinto a lo estudiado sin que ello nos supusiera una frustración. 

Volviendo a las reflexiones en voz alta en forma de monólogo que hacía Carlos Capdevila y tanto nos han llegado a muchos padres, ¿hasta qué punto podemos influir en quitar dramatismo a la preocupación que sienten nuestros jóvenes adolescentes ante un futuro incierto en el que la formación académica es clave, pero a su vez tantas y tantas capacidades que tienen aun por desarrollar quedan pendientes justo a mitad de este crecimiento en el camino hacia la madurez de nuestros hijos? ¿Podemos orientarles y acompañarles en la decisión que creemos es la mejor para ellos? ¿Qué papel juegan los educadores e instituciones en este delicado momento en el que parece que casi todo se les viene encima? Todos tenemos un rol clave en este cambio importante en el que ya no es como hacíamos antes , «letras o ciencias y luego ya veremos». Ahora deben acotar mucho más su decisión.

Yo aplico la idea de que todo puede cambiar y que uno debe abrir el abanico de opciones de manera más amplia, cuanto menos claro se tiene hacia dónde ir, y especializarse cerrando ese abanico hasta lo más concreto, cuanto más claro siente que lo tiene. Apoyar y explicar que todo se puede adaptar es claro para relajar un poco tensiones y la sensación de vértigo, tanto para padres como para hijos. Y no olvidemos a los que tienen decidido su camino desde muy pequeños. Esos, desde luego, vivirán esta decisión con la sensación de seguir el camino lógico de su destino.

Sea como fuere, suerte a todos en la familia y ojalá la sociedad del futuro se llene de seres maravillosos que demuestran ser nuestros adolescentes de hoy, comprometidos con lo que les rodea, conscientes y valientes.

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