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Doctor Joaquín Balaguer. Archivo.

Marien Aristy Capitán

Especial/Caribbean Digital

SANTO DOMINGO./ Lo que parecía una tarde normal, sin contradicciones, se llenó de nubes. Una visión, cual dejavú trágico, me arrastró directo hacia el pasado. Y entonces volví a recordarlo. Yo que quise no pensar más él, aunque tuve que enfretar sus palabras al inicio de la mañana, tuve que sentir cómo volvió a mí con su maquiavélica sonrisa. Es que no vive pero no ha muerto. Mientras los suyos le celebren, no lo habremos enterrado.

Doctor Joaquín Balaguer. Archivo.

Todo fue culpa de Rafael Bello Andino. Tranquilo, con la serenidad de los que no han hecho nada en los ademanes, él pagaba lo que sea que hubiese comprado en El Nacional de la Lope de Vega. Verle así, como si el tiempo le redimiera de sus afectos, hizo que me rompiera por dentro. ¿Por qué hoy, justo hoy, aparecía? Si ya era suficiente con pensar en Rafael Leonidas Trujillo, el sápatra del que tuvimos la dicha de salir hace justo 50 años, ¿por qué la vida me restregaba a la sombra fiel del que fue su continuador?

Quizás fue un plan para que me decidiera a escribir de Joaquín Balaguer. Tal vez fue para que por fin plasmara lo desagradable que me resulta saber que mañana se cumplen 45 años se su ascenso al poder y, en lugar de una jornada de reflexión en la que discutamos el daño que el balaguerismo ha hecho en los dominicanos, tendremos que ver cómo se hace un acto para “conmemorar” esa fecha.

Mientras se realice este homenaje, que tendrá lugar a las ocho de la noche en el Salón Ámbar del Hotel Dominican Fiesta, la Patria llorará cada uno de los muertos que cayeron bajo el cruento gobierno de los “doce años” de Balaguer. También llorarán los hijos, los padres, los abuelos, los hermanos, los tíos… de todos los que derramaron su sangre para lograr que tuviéramos algo parecido a una nación.

Fue durante el gobierno de los “doce años” que tuvo lugar la “Operación Chapeo”, que buscaba exterminar los remanentes izquierdistas sobrevivientes al conflicto de abril del 65. Luego, tras el nombramiento del general Enrique Pérez y Pérez como jefe de la Policía Nacional, apareció la tristemente célebre “Banda Colorá”, que asesinó numerosos intelectuales y dirigentes de izquierda.

Aunque no se ha conocido una cifra oficial de la cantidad de gente que fue asesinada entre los años 1966-1978, se ha hablado de más de tres mil muertos. Entre ellos están Guillermo Peláez, Rolando de la Maza, Radhamés García, Vinicio Antonio Franco, el ex teniente Juan Rafael Bisonó Mera, Miguel Reyes Santini y Ramón Emilio Mejía, en el año 1966; Guido Gil Díaz, William Jiménez, Luis de Peña, Vidal Peguero, Orlando Mazara, Roberto Basilio Perdomo y Roberto Nivar, en 1967; y Flavio Suero, Modesto Rodríguez, Héctor Santiago y Rafael Mota en 1968.

En 1969 se destacan las muertes de Henry Segarra Santos, Silvio Abud, Salomón Lama B., Rafael Vargas y el profesor Eladio Peña de la Rosa. Asimismo, el Comité de madres, esposas y familiares de los muertos y desaparecidos denunció que durante los primeros tres años de gobierno de Balaguer habían asesinado a 366 opositores.

En 1970 cayeron Otto Morales y Amín Abel Hasbún, dirigentes del Movimiento Popular Dominicano (MPD); en 1971, Maximiliano Gómez Horacio (El Moreno), Homero Hernández y Rafael Guillén; en 1972, Sagrario Ercira Díaz Santiago, Amaury Germán Aristy, Bienvenido Leal Prandy (La Chuta), Virgilio Perdomo Pérez y Ulises Cerón Polanco; en 1973, el coronel Francisco Caamaño Deñó y Gregorio García Castro (Goyito); en 1974, Florinda Soriano (Mamá Tingó); en 1975, el periodista Orlando Martínez Howley; en 1976, José Vizcaíno y Luis Martínez; y en 1977 Guillermo Rubirosa y Héctor García.

Estos no son todos perdieron la vida por pensar diferente a Joaquín Balaguer. Tan sólo son los más conocidos, esos que aún recuerda una parte de la sociedad pero jamás llegará a la memoria de ninguno de los dirigentes del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), quienes mañana se regodearán en falsos lauros y hablarán de Balaguer como el gran hijo de esa República Dominicana que, definitivamente, debe arrepentirse cada día de haber parido algo así.

Hay muchos jóvenes que desconocen lo que fue Balaguer. Pero deben saber que, lejos de ser el “padre de la democracia”, fue el hombre que acabó con todas las libertades y promovió la corrupción (que se detenía en la puerta de su despacho) como una manera de controlar las voluntades de aquellos que hicieron del engaño su forma de vida. Fue manipulador, calculador y maquiavélico. Lo hizo todo, desde cometer fraude hasta acabar literalmente con sus adversarios, con tal de perpetuarse en el poder.

Uno de sus más tristes legados fue el clientelismo. Desde las funditas hasta las neveras y las muñecas, él acostumbró al dominicano a recibir dos pesos del gobierno y conformarse con ello. También hizo de las instituciones públicas el lugar para ir a servirse y enriquecerse ilícitamente o, en el mejor de los casos, encontrar un sueldo sin necesidad de trabajar.

Fue Balaguer el que nos enseñó que la Constitución es un pedazo de papel y que el interés personal está por encima de cualquier ley; que nos mostró que la impunidad es la vía explícita para llegar a la cima y que, mientras más nos llevemos, más seremos. Los grandes señores de su gobierno, esos que mataron o se enriquecieron ilícitamente, siguen siendo los señores de una sociedad que no aprende a mirar hacia atrás. ¿Eso conmemoraremos?

Son muchas las cosas que le debemos a Balaguer. La mayoría tristes, vergonzosas. El fue el rey del engaño y la venganza. Nos legó el trujillismo e hizo renegar de la libertad porque, a golpe de opresión, nos negó el derecho de saber elegir y aprender a vivir. Es hora de acabar con Balaguer. Enterremos lo que fue y lo que nos hizo. Este país no merece que se le rinda ningún homenaje. Hay que recordarle, sí, para no repetir la historia. Pero jamás celebrar la infamia de que nos haya deshecho durante 22 años y que, todavía hoy, carguemos con su herencia maldita.

NOTA: Escrito en: http://crucesdepapel.blogspot.com

Caribbean Digital reproduce este artículo por consentimiento de su autora.

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