Fausto Lantigua y Guillermo Saleta. Archivo

Por Rafael  A. Escotto

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. El mito de Sísifo” (1942), Albert Camus.

No obstante, el suicidio toma pendiente acelerada en la postmodernidad. Tanto así, que a diario la prensa trae informaciones sobre muertes innecesarias y sin sentido. Por ejemplo en la página 5 del periódico El Nacional del miércoles 12 de septiembre de 2018, puede  leerse una noticia respecto a la muerte de dos jóvenes que competían en motocicletas en la avenida Jacobo Majluta, Santo Domingo norte. Esta es otra manera de suicidio desvinculado de cualquier concepto filosófico.

Me pregunto en este estado de lamentación que embarga al magisterio y al periodismo de Santiago: ¿Por qué Fausto no dijo al igual que el actor estadounidense Jason Bigg, “Tengo ganas de suicidarme, pero tengo tantos problemas que esa no sería la solución.”

Me ha llenado de enorme desconsuelo y de incomparable pesar la muerte del distinguido educador y conductor de radio y televisión, el buen amigo Fausto Lantigua.

Digo,   que no quisiera que ese acto doloroso fuere real. Era un hombre de solido juicio y serenidad  y de una cultura amplia y compacta.  Creo que así será recordado por los televidentes de Portafolio extra.

Frente a esta muerte que afecta sensiblemente la ciudad de Santiago y muy especialmente a sus familiares y amigos, le pido a Dios concederme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia.

En momento como este donde el alma parece caer abatida por el pesar que nos ha causado esta muerte de Fausto, tan inesperada y tan desgarradora, solo hay que pedirle compasión y misericordia a Dios ante   aquellos que en un momento dado necesitan ayuda. Digo como en 2 Corintio 1:3: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación”

Al igual que Aristóteles, me preocupa el suicidio y lo rechazo porque tal acto roba a la comunidad los servicios de uno de sus miembros.  Como ha sucedido en este caso lamentable.

El suicidio del profesor de educación santiagués me lleva a pensar en una especie de visión diferente, de otra muerte, la de Diógenes de Sinope, el filósofo quien llegó a considerar que su forma de vida era un mal en sí mismo y se suicida para poner en evidencia, – según Platón – la vanidad y artificiosidad de la conducta humana.

Parecería que Fausto Lantigua también estaba insatisfecho con su vida, como sucedió con el Fausto de Goethe.

Creo que Fausto Lantigua no debió abandonar este mundo de la manera en que lo hizo pero también sabrá Dios por qué el amigo profesor tomó esa trágica decisión. ¿Acaso no podía soportar alguna carga emocional demasiado pesada? Este amigo nuestro debió, en cambio, agotar el ámbito de lo posible.

Goethe el dramaturgo alemán dijo: «El suicidio solo debe mirarse como una debilidad del hombre porque indudablemente es más fácil morir que soportar sin tregua una vida llena de amarguras«

No quiero pensar ni remotamente en este mortal evento como dijera Albert Camus en la idea del “hombre absurdo” o con una “sensibilidad absurda” del hombre que es incapaz de entender el mundo. Fausto tal vez ni siquiera se dio el tiempo para considerar si la “vida vale o no la pena de ser vivida. Si la falta de un sentido o el absurdo de una existencia requieren del suicidio”.

Hace poco conversé animosamente con Fausto en el centro de la ciudad de Santiago. Me hablaba encomiablemente de mis artículos más recientes en la prensa nacional. Nunca  podía imaginar que este ser humano que lucía con una personalidad tan estoica pudiera atreverse a tomar su vida recurriendo al suicidio como amante de la sabiduría que fue.

El profesor Fausto Lantigua no tenía la edad de Demócrito, aquel filósofo y matemático griego, para haber apelado a la muerte donde no había signos seguros de la cesación de la vida ni en los cuales puedan confirmar los médicos, ni razón segura de la proximidad de la muerte. Por lo menos Fausto, debió antes de pensar en el suicidio decir como Sartre: «¿La muerte? No pienso en ella. No tiene sitio en mi vida».  Pero esto es fácil decirlo cuando un hombre que no es un filosofo esta abrumado y siente que el mundo se ha derrumbado.

Sin embargo, algunos afirman que existe una fuerza sobrenatural inevitable de acontecimientos que actúa sobre los seres humanos llamada destino. Pensemos en esta frase de Aristóteles y entonces podremos comprender por qué suceden estas clases de muertes: “La elección, no la casualidad, determina tu destino”. El destino no hace visitas a domicilio, tú va por él.

Entonces, por Fausto Lantigua pido paz y recuerdo esos versos del poeta Pedro Mir: “…Hay una hora en la que los relojes antiguos y los modernos que anuncia que los más grandes imperios del planeta no pueden resistir la muerte de ciertas debilidades amen de mariposas”.

Paz a su alma.