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Grisbel Medina R.
Grisbel Medina R.
sonriete_gris@hotmail.com

“La ley dispondrá, según lo requiera el interés general, las jornadas de trabajo, los días de descanso y vacaciones, los salarios mínimos y sus formas de pago, la participación de los nacionales en todo trabajo, la participación de las y los trabajadores en los beneficios de la empresa y, en general, todas las medidas mínimas que se consideren necesarias a favor de los trabajadores, incluyendo regulaciones especiales para el trabajo informal, a domicilio y cualquier otra modalidad del trabajo humano.

Grisbel Medina R.
Grisbel Medina R.

El Estado facilitará los medios a su alcance para que las y los trabajadores puedan adquirir los útiles e instrumentos indispensables a su labor”.

Las líneas anteriores no son producto de una madrugada sin sueño del inventor del agua tibia. Es el numeral siete del artículo 62 sobre Derecho al trabajo, cincelado en la Constitución de la República Dominicana, el documento madre del Estado. Y en estos días en que se discute la suerte de millones de trabajadores, en una mesa variopinta, vale tener en cuenta que la carta magna consigna que deben ser consideradas “todas las medidas mínimas que sean necesarias a favor de los trabajadores”, no lo contrario; no actuar en menoscabo de la fuerza laboral ni dar estocadas mortales al alma de las empresas, como aspira un sector.

Por más lindo que sea su logo e inmejorable su producto, una empresa no es tal sin algo tan valioso e intangible como el servicio y este sólo emana del trato cálido, receptivo y consciente de una persona. Lo que se negocia hoy en la susodicha Reforma Laboral es la suerte de la gente, de las manos trabajadoras, de las almas que mueven el país sudando la frente, no haciendo cuentecitos entre copas de MoÎt. Muy de acuerdo con Víctor Bautista, cuando escribe: “La consigna de la reforma debería ser ‘producir riquezas en menos tiempo, a menor costo y cuidando el capital humano como la mejor inversión’. Hagamos, una reforma laboral que mejore las condiciones del capital humano. Empeorarlas, bajo el alegato de unos costos, sería algo destructivo, un bumerán”.

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